Arenas: Del auge a la recesión


En 1967 la economía capitalista comenzó a experimentar las primeras sacudidas de la crisis en uno de sus principales soportes: el sistema monetario. Esto fue consecuencia del tipo de crecimiento obtenido en base a las grandes inversiones realizadas por el Estado en la industria y el transporte.

La guerra de Vietnam vino a agravar más esta situación. Sólo en concepto de “ayuda” militar para el exterior, EEUU tuvo unos gastos de 4.000 millones de dólares. Estos gastos fueron cubiertos por el simple procedimiento de aumentar la circulación monetaria, es decir, dándole a la manivela de hacer billetes que luego exportaba a Europa (los eurodólares). De esta forma los yanquis pasaban la factura a sus socios de los otros países imperialistas por los servicios prestados en aras de la preservación de la “cultura occidental”. Lo más destacado a tener en cuenta es que con la riada de dólares que llegaban a Europa, los EEUU no hacían otra cosa sino echar más leña al fuego de la inflación que ya venían padeciendo los otros países capitalistas. El pilar se resquebrajó por el punto más débil: la libra esterlina fue la primera en rodar por los suelos, al tener que ser devaluada. Al ser la libra una moneda que venía jugando las funciones de reserva del dólar en las transacciones internacionales, su devaluación colocó al dólar en posición de sufrir su primera gran caída; el choque ocurrió en 1971.

La verdadera causa de la crisis del sistema monetario internacional no tardó en revelarse. Esta causa no fue otra que la recesión económica que comenzó a manifestarse en los EEUU a partir de 1969 con el descenso de la producción industrial y el consiguiente aumento del paro obrero. En 1971 la producción global industrial de EEUU disminuyó en un 4% con respecto a años anteriores. La recesión apareció también en los demás países capitalistas. El comercio se contrajo, se incrementó la competencia, las industrias comenzaron a trabajar muy por debajo de su capacidad productiva, bajó la tasa de beneficio, el paro y la inflación se dispararon como consecuencia de los gastos extraordinarios (siempre en aumento) a que tiene que hacer frente el Estado, particularmente, en períodos de crisis.

La crisis económica capitalista tiene por base la superproducción que no encuentra salida. A esto hay que añadir hoy día la inflación y la consiguiente elevación de los precios que provocan las grandes inversiones no productivas que realiza el Estado para asegurar las ganancias a los monopolios.

Los gobiernos capitalistas y los ideólogos a su servicio tratan de atribuir la inflación y el aumento desbocado de los precios a los salarios que, según dicen, son “demasiado altos”, o bien a la elevación que ha tenido lugar en los últimos años en los precios del petróleo. Esto explicaría, según los burgueses, la elevación de los costos que hacen poco rentable la explotación. De ahí que no paren de hacer recortes en los salarios de los obreros. Pero la verdadera causa de la inflación, como venimos viendo, no es otra sino el estancamiento de la producción, la paralización de la industria y el comercio; la inflación es debida, en última instancia, a las grandes inversiones realizadas por el Estado para mantener en pie una economía de “mercado” que no funciona.

En cuanto a la incidencia del alza de los precios del petróleo en la economía capitalista, baste decir que esas alzas se produjeron después de que comenzara la crisis. En la mayor parte de los casos, las alzas son debidas al intento de los países productores de compensar las devaluaciones de las divisas y el encarecimiento de los productos industriales que reciben a cambio del petróleo.

En los años del auge y boom económico, los economistas burgueses se dedicaron a despreciar la economía de Marx, tachando de “absurdas” y “anti-científicas” sus teorías, profetizando una existencia eterna al sistema de explotación capitalista. Argumentaban que el capitalismo ya no explotaba como antes y que se había hecho “popular”; que se había abierto una “nueva época” de desarrollo del capitalismo con la aplicación al proceso productivo de los resultados obtenidos por la revolución científico-técnica, el amplio consumo de las masas y la ampliación del sistema de mercado a los países coloniales. Todos estos factores -argumentaban», más la regulación por el Estado de la economía, realizando inversiones y fijando porcentajes de producción, harían que fuera “imposible” la crisis y, por el contrario, asegurarían un desarrollo “permanente y equilibrado”. Pues bien, ahí tenemos los resultados. El sistema capitalista se hunde en todas partes corroído por sus propias contradicciones internas.

La aplicación a la industria de tecnologías más avanzadas, al tiempo que ha permitido una mayor explotación de los obreros, ha hecho decrecer aún más la cuota de ganancia capitalista. Esto es debido a que, al incrementar la parte de capital destinado a maquinaria y reducir el que dedica a comprar la mano de obra (que es de donde el capitalismo extrae la plusvalía) la ganancia también decrece. Para que el capitalismo pueda seguir viviendo necesita alimentarse de manera siempre creciente de la sangre obrera, y cuando no consigue hacerlo (porque se lo impiden las propias leyes que rigen el funcionamiento del sistema), en su socorro corre el Estado, que no duda en bajar los salarios y en decretar el cierre de empresas no rentables, con lo que deja en la calle a millares de trabajadores que, de esa manera, ven reducido al mínimo su nivel de vida y el de sus familias.

La baja de los salarios y los despidos masivos repercuten de forma directa en las ventas; se restringe aún más la capacidad de compra de las masas obreras y populares, y esto hace prácticamente inefectivas todas las medidas tomadas por los gobiernos para activar los mercados y sacar a flote la economía.

La crisis capitalista mundial ha llegado en un momento en que la mayor parte de los países coloniales ha conseguido su independencia política y pugnan por establecer su propia economía nacional. De ahí que, en vez de convertirse en lugar de expolio a través de las inversiones del capital, sean hoy una fuente de nuevos y grandes problemas, imposibles de superar por los monopolios y sus gobiernos. Los países recién independizados exigen precios acordes con el valor de sus productos naturales y por las mercancías que importan de los países desarrollados para usos industriales; es de esta manera como se ha roto uno de los más importantes pilares sobre el que se ha venido sosteniendo la economía capitalista.

Finalmente, hay que hacer notar que el imperialismo no está en condiciones de imponer una nueva guerra mundial con la que tratar de salir de la grave crisis que padece. El imperialismo ha dejado de ser la fuerza predominante en el mundo y ya no determina los destinos de la humanidad. La existencia de un amplio campo de países socialistas cada vez más fuertes y consolidados y el establecimiento por estos países de nuevas relaciones internacionales, además de constituir un poderoso polo de atracción para todos los pueblos, impide a los imperialistas llevar a cabo sus negros designios.

Bandera Roja, 1980

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