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Victor Serge: Los límites de la acción revolucionaria legal


Extraido de: Lo que todo revolucionario debe saber sobre represión

La legalidad, por lo demás, tiene, en las democracias capitalistas más “avanzadas”, limites que el proletariado no puede respetar sin condenarse a la derrota. La propaganda en el ejército, necesidad vital, no es legalmente tolerada. Sin la defección de por lo menos una parte del ejército, no hay revolución victoriosa. Esta es la ley de la historia. En todo ejército burgués, el partido del proletariado debe hacer nacer y cultivar tradiciones revolucionarias, poseer organizaciones ramificadas, tenaces en el trabajo, más vigilantes que el enemigo. La más democrática de las legalidades no tolerarla en absoluto la existencia de comités de acción donde precisamente son necesarios: en los nudos ferroviarios, en los puertos, en los arsenales, en los aeropuertos. La más democrática de las legalidades no tolera la propaganda comunista en las colonias: como prueba, la persecución de los militantes hindúes y egipcios por las autoridades inglesas; e igualmente el régimen de provocaciones policíacas instituido por las autoridades francesas en Túnez. En fin, no es necesario decir que los servicios de enlace internacionales deben siempre ser sustraídos a la curiosidad del espionaje estatal.

Nadie ha sostenido con más firmeza que Lenin -en la época de la fundación del partido bolchevique ruso y más tarde, durante la fundación de los partidos comunistas europeos- la necesidad de la organización revolucionaria ilegal. Nadie ha combatido más el fetichismo de la legalidad. En el II Congreso de la Socialdemocracia Rusa (Bruselas-Londres, 1903) la división de mencheviques y bolcheviques se asentó principalmente sobre la cuestión de la organización ilegal. La discusión del primer párrafo de los estatutos fue el motivo.

L. Mártov, quien habría de ser durante 20 años el líder del menchevismo, quería concederle la calidad de Miembro del partido a cualquiera que le prestara servicios a éste (bajo el control del partido), es decir, en realidad a los simpatizantes, numerosos sobre todo en los medios intelectuales, que se esforzarían a no comprometerse al punto de colaborar en la acción ilegal. Con brusquedad, Lenin sostuvo que para pertenecer al partido era necesario “participar en el trabajo de una de sus organizaciones” (ilegales). La discusión parecía excesivamente puntillosa. Pero Lenin tenía una inmensa razón. No se puede ser la mitad o una tercera parte de un revolucionario. El partido de la revolución debe aprovechar, es cierto, toda contribución; pero no puede contentarse con recibir, de parte de sus miembros una vaga simpatía, discreta, verbal, inactiva. Aquellos que no consienten en arriesgar por la clase obrera una situación material privilegiada, no deben estar en situación de ejercer una influencia determinante en el interior del partido. La actitud respecto a la ilegalidad fue para Lenin  la piedra de toque que le sirvió para diferenciar a los verdaderos revolucionarios de los… otros.

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