Antorcha: Alcoholismo y drogodependencias


Como consecuencia de la miseria, los problemas conexos a ella se multiplican igualmente. La exclusión social crece: ya no se trata sólo de pobreza económica, sino de todo tipo de problemas de acceso a vivienda, a educación, a salud, etc.
Por toda España, 55.000 vagabundos merodean por las calles sin familia y sin vivienda donde cobijarse, mendigando y en las más duras condiciones de aislamiento personal. En 2004 tres profesores de la Universidad Complutense elaboraron un estudio titulado Los límites de la exclusión, sobre el problema de los sin-techo, personas que duermen en albergues y otras en la calle entre cartones.

La mayoría de estas personas tiene un nivel de estudios y una experiencia laboral muy parecida a la de cualquier otra persona: el 10 por ciento tiene estudios universitarios, 2 de cada 3 han cursado estudios de segundo ciclo y casi todos han llegado a una situación de exclusión social después de períodos de trabajo relativamente normalizados.

Además de la falta de recursos económicos (una vivienda y casi siempre un trabajo) los sin techo tienen otro denominador común: con edades entre 30 a 40 años han pasado por una media de nueve experiencias traumáticas como abandono, muerte prematura de un familiar, prisión o toxicomanías.

El Instituto de la Mujer ha cifrado en 600.000 el número de prostitutas.

El alcoholismo y las drogodependencias entran dentro del círculo vicioso de la pobreza, e incluso más allá, extendiéndose hacia sectores sociales cada vez más amplios como una mancha de aceite. Entre otras razones porque además de existir el ambiente imprescindible para que proliferen, todo el contexto social propicia el consumo abusivo de tóxicos, desde la publicidad, hasta todas las instituciones del Estado que, por un lado se lamentan lacrimógenamente del problema, y por el otro, cierran los centros juveniles y lanzan a los jóvenes a la calle.

El número de drogadictos se estima en unos 100.000 y el de alcohólicos oscila entre los dos y los cinco millones.

El alcohol es la sustancia tóxica más consumida por los jóvenes españoles y que más incide en el número de accidentes de tráfico y en los fracasos en las relaciones. El 58 por ciento de los jóvenes españoles consume alcohol habitualmente y el 76 por ciento de los adolescentes reconocen haberlo probado alguna vez.

Los jóvenes comienzan a beber antes de los 14 años y se observa una creciente feminización del consumo de alcohol que supera las tasas de consumo masculino.

El consumo de alcohol se ha convertido en una de las ocupaciones preferidas de los jóvenes en sus ratos de ocio. El 76 por ciento de los jóvenes de entre 14 y 18 años declara que ha consumido alcohol alguna vez; de éstos, el 58 por ciento se declara bebedor habitual: el 43 por ciento lo consume únicamente durante los fines de semana y el 15 por ciento lo hace también en días laborables. La edad media a la que se comienza a consumir alcohol es de 13 años. Un 65’5 por ciento de los españoles de entre 15 y 29 años bebe habitualmente. Todos estos datos figuran en las conclusiones de una encuesta llevada a cabo por el Observatorio Español sobre Drogas en 2000, dependiente del Ministerio del Interior.

Las cifras son especialmente preocupantes entre los menores a los que, en teoría, no se puede vender bebidas alcohólicas. Aunque hay más jóvenes abstemios que hace unos años, los que beben lo hacen más compulsivamente, un patrón importado de los países nórdicos, en el que el joven bebe para emborracharse.

Un 42 por ciento de los consumidores menores de edad se ha emborrachado alguna vez, mientras que un 22 por ciento reconoce hacerlo de forma habitual.

Las bebidas que prefieren los jóvenes son los combinados de alcohol con refrescos. Le siguen los licores de frutas, el vino y la cerveza, mientras que son muy pocos los que beben licores no mezclados o aperitivos.

El consumo de alcohol no va desligado del de otras drogas legales o prohibidas. Un 42 por ciento de los jóvenes bebedores habituales es a la vez fumador, y un 35 por ciento de ellos consume ocasionalmente cannabis.

La principal consecuencia negativa del consumo de alcohol entre los jóvenes es el accidente de tráfico. Según datos de la Dirección General de Tráfico, un 41 por ciento de los conductores muertos en accidente de tráfico conducía bajo los efectos del alcohol u otras drogas. Entre los jóvenes de 18 años el 30 por ciento confiesa haber conducido alguna vez bajo los efectos del alcohol o haber montado en un vehículo cuyo conductor estaba ebrio. Entre los menores, cerca del 30 por ciento reconoce haber tenido algún problema por beber, sobre todo peleas y conflictos en sus familias.

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