Barbusse: El militante comunista


Extraído de: Antorcha, sección literatura

La lucha de clases se agudizaba dejando pocos huecos para las imprecisiones. Cuando el Partido Socialista francés se niega a entrar en la III Internacional, Barbusse deja de escribir en El Popular, que era su portavoz y con el que había colaborado desde tiempo atrás. Por el contrario, comienza a escribir con L’Humanité el viejo diario fundado por Jaurès, convertido en órgano de los comunistas.

Barbusse desarrolló el ideal pacifista hasta sus últimas consecuencias, llegando a donde otros no alcanzaban siquiera a divisar. Se identificaba progresivamente con el proletariado revolucionario, llevando a la Internacional del Pensamiento por el camino de la Internacional Comunista. En 1923 ingresa en el Partido Comunista. Era la trayectoria fatal de un intelectual que no todos quisieron emular. En aquel momento los comunistas estaban siendo perseguidos por su oposición a la ocupación del Ruhr por las tropas francesas y la adhesión de Barbusse estaba cargada de simbolismo político.

La lucha iba definiendo posiciones, clarificando lo que hasta entonces podía permanecer difuso. Una parte de los integrantes de Clarté quedaron paralizados y el tiempo les situará en posiciones cada vez más acomodadas, por no decir reaccionarias. Otro grupo adoptó el camino del surrealismo. Finalmente la revista Clarté será el órgano de expresión de los estudiantes comunistas.

Barbusse no vaciló; siguió adelante. Critica duramente a la Sociedad de Naciones. Interviene para tratar de impedir el asesinato de Sacco y Vanzetti por el gobierno norteamericano. Participa del comité por la liberación de la India y combate el colonialismo italiano en Abisiania. Es nombrado vicepresidente de la sección francesa del Socorro Rojo Internacional. Se solidariza con Gramsci, Thaelmann y Dimitrov, perseguidos y encarcelados por los fascistas italianos y alemanes…

De la difamación la burguesía pasa a la persecución y le procesa por conspiración. Desde la tribuna de uno de los congresos de antiguos combatientes que presidió en Berlín, llamó a los soldados franceses del Ruhr a no disparar jamás contra los trabajadores alemanes, aunque se lo ordenaran sus jefes. Barbusse apelaba a la insubordinación, a la indisciplina, o lo que es lo mismo, a la revolución, porque sin ella no puede haber paz.

Su ideario pacifista adopta nuevos contornos que se resumen en la consigna: El orden clasista se beneficia de la no violencia. Así pues había que empezar a combatir a quienes bajo la excusa del pacifismo se convertían en bomberos de la lucha revolucionaria, de quienes pretendían sofocar la rebeldía de las masas, que adquiría tintes de levantamiento, de combate, de justa violencia revolucionaria.

Desde su ingreso en el Partido Comunista, la prensa silencia sistemáticamente sus obras literarias, que van brotando una tras otra fecundamente: en 1925 La forceL’au-delàLe crieur; al año siguiente Les bourreaux; en 1927 comienza a salir a la luz su trilogía JésusJudas de Jésus y Jésus contre Dieu que no consigue escenificar ni divulgar, pese al escándalo desatado por los plumíferos a sueldo de la reacción, que montan en cólera por su singular visión del Nuevo Testamento.

Los últimos años están presididos por la lucha antifascista y la necesidad de unir a todos los obreros y demás sectores populares para impedir el ascenso de la reacción. La lucha por la paz adopta entonces la forma nueva del frente popular, del antifascismo.

En esa década de los años treinta viajó con frecuencia a la Unión Soviética, donde escribió dos ensayos: Stalin, le monde vue travers l’homme nouveau y Rusia. En uno de esos viajes, en 1932, fue condecorado con la orden de Lenin. En el último, en 1935, contrajo neumonía durante el mismo y murió al llegar a Moscú. Decenas de miles de moscovitas desfilan durante sus restos, expuestos al público durante tres días. Lo mismo sucede cuando su cadáver es repatriado a París. Al día siguiente 200.000 personas acompañan su féretro al cementerio de Père Lachaise.

El caso de Barbusse es paradigmático de la intelectualidad de comienzos del siglo XX, inicialmente enferma de ideas escépticas, disolventes, nihilistas, de las que no pudo escapar por sí misma pero a la cual la guerra imperialista rescató de su estéril letargo. El novelista francés atravesó también esa fase pero continuó un recorrido, sin duda oscuro y tempestuoso, que a otros aterraba, pero resplandeciente de verdad, de ideas frescas, de sensaciones fructíferas. La nueva perspectiva que se abrió ante sus ojos le amarró al mundo, a lo concreto, a la sociedad más perseguida y a sus ansias liberadoras. Su ejemplo permanece vigente como el de un intelectual comprometido con su momento hasta la médula y, por supuesto, un escritor con páginas rebosantes de luz, de entusiasmo, de futuro.

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