Sobre los procesos de Moscu


Extraído de: Biografía de Stalin por el PCE(r)

Los procesos de Moscú se celebraron con una absoluta transparencia para la clase obrera. Todos pudieron en su momento conocer los debates, las pruebas, las declaraciones y las condenas ya que las actas se publicaron íntegramente. Para celebrar sus sesiones se habilitó la sala Octubre de la Casa de los Sindicatos, en la que cabían unas 300 personas. A ellas asistieron gran número de extranjeros residentes en Moscú, especialmente diplomáticos, periodistas y escritores.

Entre el cuerpo diplomático acreditado en la capital, presenció las sesiones del juicio el embajador checo Zdanek Firlinger, quien insistió ante su gobierno en que se estaban respetando las normas jurídicas habituales en los procesos. También fue asiduo de las sesiones judiciales el embajador de Gran Bretaña. Otro de los que asistieron a las sesiones de juicio fue el embajador americano Joseph E. Davies, que luego escribió un famoso libro al respecto Misión en Moscú, imposible de localizar hoy día en la librerías, en el que confirma lo que ya entonces puso de manifiesto en sus informes a Roosvelt: que las acusaciones eran absolutamente fundadas, que el proceso se estaba desarrollando de una manera impecable y legalmente equitativa para los acusados. No es por eso de extrañar que el artífice de la guerra fría, el diplomático norteamericano Kennan, utilice términos inusuales para referirse a quien fue su jefe en la embajada estadounidense en Moscú de 1936 a 1938 al conocer su nombramiento: desaliento, desconfianza, antipatía, conmoción,… Hasta el punto de estar dispuestos a dimitir en bloque al día siguiente de la presentación de credenciales. Con el embajador Davies no fue posible la manipulación que luego emprendió Kennan, quien se lamenta de la influencia soviética existente entre los funcionarios de asuntos exteriores (e incluso en la Casa Blanca) y de que el senador MacCarthy no se diera cuenta de ello años después (7).

Entre los escritores presentes en las sesiones destacó el danés Martin Andersen-Nexö. En uno de los procesos, un grupo de escritores, entre ellos algunos tan poco sospechosos de comunismo como Miguel Zochtchenko y Boris Pasternak, el autor del Doctor Zivago, pidieron: Exijimos del tribunal… que aplique a los enemigos del pueblo la medida suprema de defensa social, es decir, la pena de muerte.

También presente en las sesiones de juicio, Leon Feuchtwanger escribió lo siguiente: Los hombres que se presentaron ante el tribunal en ningún caso podían pasar por seres martirizados, desesperados que afrontaban a sus verdugos. Los acusados estaban aseados, bien vestidos, de maneras dulces y llenas de ternura. Bebían té, tenían periódicos en sus bolsillos y de buena gana miraban hacia el público. De manera general, eso hacía pensar más bien en una discusión que en un proceso criminal. Un debate sereno entre gentes de buena compañía deseosos de que resplandezca la verdad.

Este escritor entrevistó a Stalin en uno de los procesos, y observó lo siguiente: Habló de Radek con amargura y emoción, evocando la amistad que le profesaba a aquel hombre […] Habló de la larga carta que le había enviado Radek asegurándole su inocencia, de los argumentos falaces en los que se apoyaba […] pero la víspera misma, bajo el peso de los testimonios y de las pruebas, Radek terminó por confesar.

Durante la depuración del grupo de Bujarin, se desató una fuerte discusión en la dirección del Partido bolchevique, entre los partidarios de la benevolencia y los de las medidas extremas. Stalin propuso constituir una comisión compuesta de 36 miembros que bajo la presidencia de Mikoyan se encargó de estudiar el expediente. De ellos, 20 propusieron ejecutar a Bujarin y a Rikov. La postura de Stalin no fue la mayoritaria, ya que propuso reenviar el caso al NKVD.

Ya durante el primer proceso contra Zinovev y Kamenev, tanto la Liga Internacional de los Derechos Humanos y la Asociación Jurídica Internacional, no sólo no pronunciaron crítica alguna sobre los procesos, sino que los apoyaron públicamente. La segunda de ellas era muy prestigiosa en aquella época porque formaban parte de ella personalidades como el laborista británico Harold Laski y el ministro de la República española Álvarez del Vayo, entre otros parlamentarios y ministros de todo el mundo, que envió una comisión para informarse, publicó un comunicado de apoyo, aprobado unánimemente:

Estimamos absolutamente injustificada la afirmación según la cual el proceso ha sido sumario e ilegal. Se les ha propuesto a los acusados designar abogados, y cada abogado es en la Unión Soviética independiente del gobierno. Pero los acusados han preferido asegurarse ellos mismos su defensa.
No es éste el único Estado en el que los individuos implicados en actos de terrorismo son condenados a muerte. En numerosos países, incluida Gran Bretaña, no se admite apelar estas sentencias y como, en este proceso los acusados han confesado su delito, no se puede plantear la interposición de una apelación.

Afirmamos categóricamente que han sido condenados de manera absolutamente legal. Se ha demostrado plenamente que había un vínculo entre ellos y la Gestapo. Se merecen la pena capital.

Por su parte, el británico Denis Nowell Pritt, diputado de la Cámara de los Comunes, también estuvo presente en los juicios. En aquellos momentos era un personaje muy conocido en todo el mundo. Era periodista y juez, un hombre de amplia cultura. Había estudiado derecho en Wincherters y en la Universidad de Londres y luego amplió sus conocimientos de derecho procesal en Alemania, Suiza, e incluso en España y en la Unión Soviética. Por tanto, conocía bien el sistema legal soviético. Acudió a los juicios como corresponsal del diario londinense News Chronicle y en sus artículos confirmó la imparcialidad del tribunal que juzgó a los acusados, defendió la credibilidad de los procesos y, lo mismo que el tribunal, él también quedó convencido de que la culpabilidad de los acusados había quedado suficientemente demostrada. Una de sus crónicas manifestaba:

La primera cosa que me chocó, en tanto que jurista británico, es el comportamiento totalmente libre y espontáneo de los acusados. Todos tenían buen aspecto […] Por mi parte, estoy convencido de que no hay el menor motivo para suponer ninguna irregularidad en el orden o en la forma del proceso. Considero el conjunto del proceso y el trato a los acusados como un modelo ofrecido al mundo entero para un caso en el que los acusados sean perseguidos por conspiración para asesinar a dirigentes de Estado y a derrocar al gobierno, que es lo que los acusados han confesado. Mi opinión es que en tales circunstancias la justicia de cualquier país hubiera pronunciado sentencias de muerte y los habría ejecutado.

No fueron los únicos casos. Lo mismo sostuvo entonces el historiador británico Bernard Pares, que consideró irrefutablemente demostrada la traición de Zinoviev, Kamenev, Piatakov, Radek y los demás. Un comité parlamentario anglo-soviético, en su rendición de cuentas, confirmó que las acusaciones estaban bien fundadas y resultaban incuestionables. Su presidente, el laborista Neil Maklin, reconoció que había quedado impresionado por las confesiones sinceras de los acusados.

Para tener una comprensión más cercana de los procesos Moscú, vamos a reproducir una pequeña parte de la actas del proceso contra los derechistas, contra el trío formado por Bujarin, Tomski y Rikov. De este proceso formaba parte también Krestinski, cuya declaración en el juicio es muy interesante y la vamos a extractar porque en ese momento Krestinski se desdice de su anterior declaración ante la policía, defiende su inocencia frente al tribunal y el fiscal Vychinski: Pinchar para leer

En su confesión, Radek dijo lo siguiente sobre su interrogatorio ante la policía:

Cuando llegué a la comisaría del pueblo de Interior, el funcionario que dirigía la investigación me dijo: ‘Usted no es un niño. He aquí quince testimonios contra Usted, no puede ignorar esta causa, y si es razonable, no puede pretender eso…’ Durante dos meses y medio atormenté a aquel investigador. Si aquí se nos pregunta si los investigadores nos han torturado, tengo que afirmar que no he sido yo quien ha sido torturado, sino yo mismo quien ha torturado a los investigadores, obligándoles a realizar un trabajo inútil.

El profundo significado de estas depuraciones internas no se ha acabado de comprender y, por tanto, tampoco su absoluta necesidad.

Otra de aquellas conocidas depuraciones, la última, fue la del del marsical Tujachevski y los altos oficiales del Ejército Rojo. A partir del informe de Jruschov de 1956 esa depuración viene siendo interpretada como un debilitamiento del Ejército Rojo en los primeros días de la II Guerra Mundial, que habría sido decapitado por las purgas de valiosos jefes y cuadros. La propaganda imperialista alude también a que fueron depurados la mitad de los oficiales del Ejército Rojo, es decir, una verdadera sangría de experimentados militares. Sin embargo, el historiador Roger Reese en su libro sobre las depuraciones en el Ejército Rojo, demuestra que el número de oficiales y comisarios políticos era de 144.300 en 1937 y que esta cifra pasó a 282.300 dos años después. Durante las depuraciones de 1937-1938 fueron expulsados 34.300 oficiales y comisarios políticos de las filas del Ejército, pero 11.596 de ellos fueron rehabilitados en mayo de 1940 y reincorporados a sus puestos anteriores. Esto significa que fueron expulsados definitivamente 22.705 oficiales y comisarios políticos, con el siguiente desglose: 13.000 oficiales, 4.700 oficiales de la Aviación y 5.000 comisarios políticos. En porcentajes, se trata de un 7’7 por ciento del total; de ellos, sólo una ínfima minoría fueron ejecutados por traición mientras que el resto regresó a la vida civil.

Incluso un trotskista como Isaac Deutscher reconoce la existencia de una conspiración dentro del Ejército Rojo para asesinar a Stalin e imponer una dictadura militar. Los oficiales depurados y ejecutados preparaban una operación militar contra el Kremlin y los acuatelamientos militares más importantes de otras ciudades clave, como Leningrado. Según Deutscher el golpe lo dirigía Tujachevski con la ayuda de Gamarnik, comisario político jefe del Ejército, el general Iakir, comandante en jefe de Leningrado, el general Uborevitch, comandante de la Academia Militar de Moscú, así como el general Primakov, un comandante de caballería.

Pero lo importante no es el golpe de Estado en sí sino las razones que condujeron a él, que están en el inminente ataque de la Alemania nazi. Uno de los grandes tópicos que se lanzan contra Stalin es que a pesar de las advertencias que le llegaron acerca del mismo, hizo caso omiso de ellas, ya que confiaba en el pacto que había firmado con Hitler. Como consecuencia de ello, dejó la frontera desguarnecida y el feroz ataque alemán causó estragos y pérdidas irreparables. La propaganda imperalista trata de hacernos creer que la postura de Stalin fue de mera desidia, de una inactividad pasmosa.

(7) Memorias de un diplomático, Luis de Caralt, Barcelona, 1971, pgs.69 y stes.

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