El espejismo de la globalización


Marcos Martín Ponce

Prision des Yvelines 
21 de noviembre de 2002

Por aquí todo normal. Ayer me sacaron al Palais para ver al juez de las libertades, que prorrogó mi estancia en prisión por otros cuatro meses, y bla, bla, bla. Por supuesto, ignoré el rollo por completo. Y otra vez a la trena. Al menos esta vez tuve la posibilidad de hablar un ratito con Hierro y me estuvo poniendo un poquito al día de todo.
También vi a Maryan, pero solo un instante por el pasillo, lo suficiente para intercambiar unas palabras de cariño y resistencia con unos besitos que volaban por los pasillos del Palais esquivando a gendarmes, jueces, fiscales y demás ralea, para llegar al objetivo de la moral, que se mantiene alta, dispuesta a que le echen lo que haga falta.
Y nada, que ya aprovecho y os mando unas opiniones y tal, por si sirve para algo.
Esta vez me gustaría centrarme en la crítica que hacen de la globalización muchos sectores oportunistas, y lo que eso conlleva de antimarxismo.

Por lo que parece, a todo dios le ha dado por subirse al carro de la antiglobalización, dando por sentado que este fenómeno, que pretende aglutinar corrientes, ideologías e intereses muy, pero que muy heterogéneos, es nuestra única esperanza para evitar los desmanes del imperialismo y combatirlo. Esta fiebre que se extiende por toda Europa y parte del extranjero es la evidencia misma de la carencia y/o debilidad de los partidos comunistas realmente revolucionarios y consecuentes, a la vez que un grave síntoma de la especulación revisionista que padecemos en prácticamente la totalidad de los movimientos de resistencia populares en todo el mundo.
Siendo ya un hecho latente ante amplios sectores sociales la proliferación de guerras, los promotores de los movimientos antiglobalización se apresuran, una vez más, a difundir sus teorías con el fin de desviar a los principales afectados de la lucha por sus verdaderos intereses.

El principal objetivo de esta nueva corriente del oportunismo clásico es contener las luchas políticas y sociales, y vaciarlas de su contenido de clase. Para ello inventan la nueva ideología a combatir, la globalización, que es tan global que nadie puede determinar de dónde viene, ni hacia dónde se dirige, ni la forma en que habrá de detenerse. Y para nuevos enemigos habrá que inventar una nueva suerte de oposición, la antiglobalización, no menos global y hetérea que el enemigo a combatir.
Esta forma de oposición carece de dirección política, de principios y, por supuesto, de táctica y estrategia que definan el objetivo y las etapas que habrá que superar dicho movimiento para acabar con el espejismo de la globalización.
Sin duda alguna, forman parte de esta puesta en escena, dirigida por amplios sectores del oportunismo izquierdista, las mafias sindicales y demás ralea, que dan palos de ciego de la mano de aquellos que cobran sus sueldos de los fondos reservados y, por lo cual, no van más allá del jolgorio y de la pantomima en la que pretenden dispersar, más aún, al creciente movimiento de resistencia que florece frente a las políticas interiores y exteriores de represión en los países imperialistas.
Desde luego la Historia tiene su lógica, la de ellos, claro, ya que con la desorientación existente, en cuanto a referentes revolucionarios, y la tormenta guerrera que se avecina (que ha de refrescar muchas conciencias y tensar los músculos de la resistencia), montar un tingladillo de esas características, con las máximas de no a la guerra, no a la pobreza, contradicción norte-sur, etc., etc., pretende tener una repercusión entre las masas, cada vez más sensibilizadas ante los conflictos bélicos.
La aparente radicalización de este fenómeno no es tal, porque se limitan a denunciar unos hechos que son la evidencia misma, como que hay ricos y pobres, que las guerras son producto de intereses económicos, como que EE.UU. es el gendarme planetario, etc. Incluso los que más profundizan en el por qué de la guerra, argumentando y denunciando que ésta es el medio para la construcción de un nuevo orden mundial (de éstos hay pocos), yerran en la solución, en el método, porque les falla el análisis de fondo.

Me explico: esto a lo que llaman ahora globalización no es más que el capitalismo en su última fase de desarrollo, ya decadente, es decir, el imperialismo, como lo encuadra Lenin, el cual se establece en la crisis permanente a causa de su proceder, de sus principios, de su ideología, etc. Del proceder, principios e ideología de la burguesía, no de Bush, Aznar, etc., sino de las oligarquías financieras y de los monopolios que se sirven de toda esa superestructura judicial, militar, parlamentaria, etc., es decir, del Estado, para llevar a cabo la superproducción y exportación de mercancías y materias primas de manera incontrolada, que les permite agenciarse las inmensas plusvalías.
Se comprende que en esta forma de producción anárquica (que no anarquista, no confundamos) donde el exceso de mercancías no se corresponde con la demanda en el mercado, con el consumo, el principal objetivo es la liberalización de los mercados y, dada la competencia entre las oligarquías internacionales y la saturación de dichos mercados, el medio para imponer los capitales de los Estados interesados es la guerra.

Y la guerra a escala mundial, ya que el nuevo orden mundial, político y militar, está destinado a un nuevo reparto de los mercados y materias primas en todo el mundo, con lo que no basta con invadir Afganistán, Irak, etc., sino que estos países se convierten en posiciones geoestratégicas parea preparar el gran asalto a todo el papel, al reparto de todo el planeta, a la III Guerra Mundial.
De ahí que en cada invasión no les valga con aniquilar al enemigo terrorista sino que, en cada país invadido tengan necesidad de imponer un gobierno títere que afiance y consolide una posición estratégica para la gran batalla.
Como se puede apreciar, de combatir al imperialismo a combatir a la globalización, hay una gran diferencia, porque los analistas antiglobalizadores hablan de que hemos entrado en una nueva etapa social y económica, con escotillas de liberación con el fin de hacer ver que existe la posibilidad de reformar esta nueva corriente neocapitalista y nivelar la diferencia entre ricos y pobres. A esta nueva etapa se la dota de una nueva ideología en torno a esa posibilidad de democratizar el sistema, de reformarlo. Y en la otra cara de la misma moneda está el movimiento antiglobalización como impulsor de dichas reformas que, aún con escollos (léase estados de excepción, precariedad laboral, etc.) ha de ser el camino a recorrer para alcanzar la anhelada justicia.

Y yo me pregunto ¿qué intereses existen entre toda esa gente? Porque si hablamos del imperialismo como fase decadente del capitalismo y no de globalización, no hay más remedio que atenerse a las leyes del marxismo-leninismo, donde se hallan las claves para la elaboración de la táctica y estrategia necesarias para acabar con dicho régimen que, aplicadas a cada país, según sus características y condiciones concretas, se convierten en una guía para la acción, para llevar a cabo la revolución en cada uno de esos países como única manera de debilitar al imperialismo en todo el mundo y favorecer así la revolución mundial. ¿Existe una práctica de internacionalismo revolucionario más consecuente que ésta? Evidentemente no.
Pero claro, los teóricos de la antiglobalización, en contra de lo que predican, se apoyan en esta clase de estratagemas para desviar la atención del objetivo principal, de las luchas obreras y antifascistas en el interior de sus países. De esta manera pretenden diluir todo el descontento creciente, extirpando de las luchas el carácter de clase que los hace verdaderamente revolucionarias.
Por eso, para combatir al oportunismo, el mejor arma es evidenciar la necesidad actual de la lucha de clases, de la organización del proletariado como punta de lanza de los movimientos de resistencia revolucionarios, la necesidad de partidos comunistas verdaderamente consecuentes con la aplicación del marxismo-leninismo que aseguren la dirección política de dichos movimientos, etc.

Para mi que todo este fregao, donde se condena a los únicos que realmente oponen la violencia popular contra la violencia del capitalismo, o sea, contra el fascismo, deberá desenmascarar sus verdaderos intereses e intenciones. El hecho de que condenen la violencia de estos jóvenes, que son los que sufren en carnes propias el paro, la precariedad en el trabajo, la represión, etc., es verdaderamente significativo de los fines y principios que imperan en el movimiento antiglobalización. Y el que la juventud descargue su odio secundando estas manifestaciones está bien, pero eso nos hace tener una idea de la necesidad de avanzar en el fortalecimiento y extensión de las organizaciones revolucionarias de vanguardia que orienten, aglutinen y dirijan este flujo de resistencia, abriendo toda clase de vías por donde puedan marchar y organizarse. Desde luego, de no ser así, todo este potencial, toda esta fuerza, termina dispersándose y/o perdiéndose en el espontaneísmo y la desilusión.

Bueno pues ¡Basta de rollos!

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