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Partido y guerrilla


Comuna Carlos Marx, prisión de Soria, febrero de 1986 
publicado en Textos para el debate en el movimiento revolucionario europeo 
Marzo de 1987

Está suficientemente demostrado, por lo menos para nosotros, que en los países europeos -países de capital monopolista de Estado e imperialistas- la forma superior de organización política del proletariado revolucionario sigue siendo el Partido Comunista. En otro nivel se encuentra la organización militar que, en su forma actual de guerrilla urbana, viene jugando un papel de primera importancia dentro del Movimiento Político de Resistencia de las amplias masas obreras y populares. Ni que decir tiene que estas dos formas de organización y de lucha política y militar no se excluyen mutuamente. Por el contrario, ambas se complementan apoyándose la una en la otra. Así, la lucha armada guerrillera viene sirviendo para allanar el camino a las organizaciones políticas de las masas y al Partido. Mientras que, por su parte, el Partido esclarece, políticamente al proletariado, le señala los objetivos inmediatos y a más largo plazo y organiza sus fuerzas; y, como se sabe, el Partido dota, además, a la guerrilla de un programa de acción claro señalándole el horizonte de sus objetivos políticos.
Por todo lo dicho no se debe consentir en ningún momento que la guerrilla se imponga y mande sobre el Partido, ni que la organización y actividad militar suplanten a la organización y actividad política partidista. Se trata de un principio leninista clave que continúa manteniendo su validez en todas las circunstancias de la lucha revolucionaria del proletariado y en todos los países. Es, pues, siempre la política -en este caso la política del Partido proletario- quien debe dirigir al fusil. Pensar en otra cosa significaría desarmar al proletariado.Consecuentemente con esto, entre las tareas más importantes que están acometiendo los revolucionarios europeos se encuentran:

1) el dejar sentadas las mínimas bases políticas como son el programa y la estrategia, la línea de actuación revolucionaria;

2) la asunción práctica y viva en la vida del Partido de los principios ideológicos del marxismo y del leninismo, del comunismo;

3) el establecimiento del centralismo democrático en las relaciones orgánicas, la libertad de discusión y la unidad de acción, la supeditación de la minoría a la mayoría, la práctica de la crítica y la autocrítica, etc. Claro está, que nada de esto se puede hacer sin mantener unos mínimos vínculos con las masas y sin participar en las luchas obreras y populares más destacadas.

La intervención del Partido en las luchas de clases cotidianas de su país trae también aparejado el enconamiento de las contradicciones internas. Esta oportunidad se debe aprovechar para combatir las prácticas y concepciones nocivas y ajenas al proletariado, y para identificar a los elementos oportunistas y arribistas y aislarlos. Para ello es necesario que se mantenga una tenaz lucha ideológica y política. Los resultados de estas luchas son siempre una prueba del grado de desarrolla orgánica y madurez ideológica y política alcanzados por el Partido Comunista.

En las actuales circunstancias de Europa, los comunistas se vienen planteando la importante tarea de la reconstrucción del Partido marxista-leninista. El logro de este objetivo, imprescindible para el desarrollo de la revolución, sólo se puede conseguir en enconada lucha contra la reacción y el revisionismo; y también, queremos destacarlo, contra las tendencias que quieren suplantar la labor política, teórica y práctica, y organizadora propias del Partido Comunista por difusas organizaciones interclasistas. Sabido es que uno de los requisitos imprescindibles para que triunfe la revolución socialista en un país es la existencia de una vanguardia comunista que haya alcanzado su madurez. La existencia de un partido de corte bolchevique, aguerrido y templado, que haya pasado exitosamente por la prueba de fuego de la lucha de clases de su país y haya salido fortalecido de ella, es condición indispensable para poder pensar en hacer la revolución.
Las luchas de Lenin y el Partido bolchevique contra los mencheviques y los renegados de la II Internacional, y las de la Mao y el PCCh contra los dogmáticos y las posiciones erróneas de la III Internacional respecto de la revolución china son dos experiencias históricas que, aunque diferentes y peculiares, tienen para nosotros una importancia crucialmente esclarecedora. Si no llega a ser por la férrea lucha que se libró contra el oportunismo menchevique -que pretendía enganchar el proletario a la cola de la burguesía liberal en la revolución democrática-, y contra los claudicadores y reformistas de la II Internacional -que querían uncir al proletariado a los designios chovinistas de sus burguesías nacionales imperialistas-, no se hubiera producido la Revolución de Octubre. De la misma manera, si no llega a ser por la lucha que Mao y los comunistas chinos, a contracorriente, libraron contra los dogmáticos (que pretendían seguir imponiendo, pese a las dolorosas experiencias de muchos años de lucha, las tesis clásicas de la insurrección, primero, y el propósito de buscar la unidad con el Kuomintang a toda costa, después), manteniendo por contra sus posiciones independientes y desarrollando firmemente la guerra de guerrillas, tampoco hubieran hecho la revolución como ellos mismos reconocieron posteriormente.
Hoy día, cuando la tendencia a la revolución se acentúa en todas partes, cuando el papel del proletariado se revaloriza en todos los terrenos, y la burguesía está en decadencia y retroceso, esta necesidad del Partido proletario se hace más acuciante.
A nuestro modo de ver, la carencia de un verdadero Partido Comunista, marxista-leninista, es la principal causa que explica la debilidad política y la falta relativa de salidas y perspectivas en que se encuentra inmerso una gran parte del movimiento revolucionario en los países europeos. Por esta misma razón, no se podrá superar este escollo o impasse mientras no se afronten con coraje y decisión, y sin temor a equivocarse, las tareas teóricas y prácticas que requiere la reconstrucción del Partido Comunista. Debemos recordar que, si bien es deseable escarmentar en carne ajena y aprender de las experiencias que han tenido otros, no hay nada que pueda sustituir a la propia experiencia. De aquí que la consigna sea trabajar y trabajar, principalmente entre la clase obrera y el proletariado fabril, reorganizar el Partido, y crear las mínimas bases políticas e ideológicas requeridas.

La estrategia de los comunistas: combinar la insurrección armada de masas con la guerra prolongada de guerrillas
Es una tarea ineludible de los comunistas analizar las formas y métodos de lucha desde una perspectiva histórica y de acuerdo con los firmes principios, corroborados por la historia, del marxismo-leninismo. Sabido es que las razones por las que los marxistas practicaron en unas ocasiones la insurrección y en otras la lucha parlamentaria obedecieron a circunstancias concretas del desarrollo del capitalismo y de su Estado. Así, en la época de libre competencia se practicó predominantemente la lucha parlamentaria, ya que existían condiciones que permitían utilizar las propias leyes de la burguesía en contra de ella misma, como dijera Engels. Pero con el desarrollo del monopolismo -cuya regla general es su tendencia a la reacción, a la guerra y al fascismo- aquellas condiciones desaparecieron. Las democracias europeas actuales (verdaderas dictaduras fascistas refrendadas en cuerpo y alma por los socialdemócratas, eurocomunistas y reformistas de todo pelaje) sufren, desde hace ya muchos años, una crisis económica sin precedentes, la inestabilidad continua de sus regímenes y el acoso cada día mayor de los pueblos oprimidos por ellas y de un nuevo movimiento revolucionario en su seno que, aunque joven y poco experimentado, obtiene cada día mayores éxitos.

Lo más característico de este nuevo movimiento revolucionario que se extiende por toda Europa es el haber adquirido la forma de Movimiento Político de Resistencia: una original combinación de movimiento de masas y acciones guerrilleras que se complementan y que cada día confluyen más y más.

Este Movimiento Político de Resistencia ha roto, por un lado, con los métodos de lucha pacíficos y parlamentarios ensalzados en la postguerra, imponiendo a cambio métodos violentos de lucha, huelgas radicalizadas, manifestaciones fuera del control de los sindicatos y partidos reformistas, piquetes para extender las luchas y el sabotaje; la desobediencia civil y otros tipos de resistencia; y por otro, rechaza las distintas variantes del revisionismo moderno o eurocomunismo. Este Movimiento crece al calor de la crisis económica galopante y del retroceso del imperialismo a escala mundial. En España, a estos factores hay que añadir la aguda crisis política que padece el régimen nacido de la sublevación fascista, ante un poderoso empuje de las luchas de las masas obreras y populares. En esta situación general se desarrolla la lucha armada en la forma de guerra de guerrillas, de pequeños grupos o destacamentos de combatientes que ponen en jaque más de una vez al poderoso Estado de los monopolios.
La creciente actividad de la guerrilla, la envergadura de sus acciones, los diferentes objetivos alcanzados y su extraordinaria influencia en la lucha de clases de las sociedades capitalistas modernas hablan de su especial importancia. Existe una diferencia muy radical entre la vieja escena de luchas pacíficas, movimientos de masas reformistas, propaganda y lucha por el voto, y la nueva escena de luchas violentas, movimientos de masas radicalizado, desencanto y oposición a la democracia burguesa. Y este cambio tan esencial no se puede comprender si no se toman en cuenta las actividades guerrilleras y las agrupaciones políticas revolucionarias nacidas a su calor. Los partidos y organizaciones que apoyan la guerrilla juegan cada día un papel más destacado y las nuevas expectativas e inquietudes revolucionarias que se están fraguando entre las masas vienen siendo promovidas, en buena parte, por nuevas generaciones de revolucionarios comunistas.

Se dice frecuentemente que las acciones de la guerrilla contribuyen a elevar el grado de conciencia política y la organización de las masas obreras y populares, porque desenmascaran a la reacción y al revisionismo. Pero no se suele dar la requerida importancia al hecho de que esa conciencia y esta organización son los objetivos prioritarios que tiene marcados la guerrilla dirigida por el Partido Comunista. Se trata de acumular fuerzas revolucionarias y crear las condiciones de todo tipo que permitan derrocar al Estado capitalista. Y, en las condiciones materiales y subjetivas de nuestros países, no hay otra manera de acumular fuerzas ni de salvaguardarlas de los ataques del enemigo si no es mediante el apoyo de la guerrilla. El papel de la guerrilla para esta hora que vivimos no queda definido en toda su extensión, por esto mismo, en el trabajo de Lenin La guerra de guerrillas. Allí se insistía en la labor de incorporar fondos al Partido, golpear blancos del enemigo y automantenerse. Pero para hoy día, y sin menoscabo de lo ya señalado por Lenin, el principal objetivo de la guerrilla es el de facilitar la acumulación de fuerzas por todo el Movimiento Político de Resistencia, contribuir a la organización de los obreros y otros sectores populares, agudizar la crisis del gobierno, fortalecerse y desarrollarse.
Es, pues, un hecho cierto que no existe otro camino para hacer la revolución que el que pasa por el desarrollo de la lucha armada proletaria. Esto resulta tan claro a los ojos de cualquier revolucionario que hasta sirve para distinguir la política revolucionaria de la que no lo es.
Claro que es tarea del Partido Comunista de cada país el aprender a encajar correctamente la lucha armada en relación con los otros métodos de lucha. No se debe, pues, sobrevalorar su eficacia política más allá de sus posibilidades reales, queriéndosele convertir en el único método de lucha y organización válido. O, simplemente, infravalorarla hasta el punto de reducirla a mera comparsa, o actividad sindical armada, de la política comunista. Como marxistas-leninistas debemos situar en primer plano al Partido Comunista como dirigente de todo el movimiento revolucionario -incluída la guerrilla urbana-, conscientes de que, al fin y al cabo, es la línea política la que lo decide todo.

Desde luego nos estamos refiriendo a la guerrilla urbana que tiene por objetivo estratégico la revolución socialista, que se apoya en la clase más numerosa y revolucionaria de nuestra sociedad, el proletariado, y se adhiere a sus tradiciones revolucionarias, a las experiencias del movimiento comunista internacional y a los principios del marxismo y del leninismo. Somos conscientes de que una revolución europea que no parta del proletariado, que no se base en él y no hunda en su seno firmes raíces orgánicas, políticas e ideológicas es una revolución destinada al fracaso. Esto se debe a que la clase obrera es la clase más numerosa, mejor organizada y más avanzada y disciplinada de la sociedad capitalista, gracias al papel que juega en la producción. Y también a que el Estado capitalista moderno se basa en la explotación de las grandes masas de proletarios, dirigiendo todos sus esfuerzos y fuerzas organizadas contra la organización revolucionaria de la clase obrera, contra la revolución socialista.
El nuevo movimiento revolucionario de los países capitalistas no cae del cielo. Por el contrario, hunde sus raíces en el viejo movimiento de la clase obrera europea, especialmente en la gloriosa Revolución de Octubre. Y, también, en las revoluciones de nuevo tipo de los pueblos de las colonias y semicolonias. Aparte tendríamos que considerar las nuevas experiencias que el movimiento va adquiriendo por cuenta propia. Es, pues, obligación suya extraer enseñanzas de ambos tipos de revolución, ya que la nueva situación ha sido en parte creada por ellas. Por este motivo podemos hablar tanto de continuidad como de ruptura en el carácter del movimiento revolucionario en Europa. Continuidad, porque el período que vivimos sigue siendo el que caracterizó Lenin como la fase superior del capitalismo, el imperialismo, antesala de la revolución socialista (con la importante peculiaridad de la existencia del campo socialista, la liberación de las colonias y la derrota del nazi-fascismo en el campo de batalla). Y ruptura, porque la originalidad de este movimiento no consiste en la aparición de nuevas formas de lucha, en lo fundamental ya conocidas y usadas anteriormente, sino principalmente en el uso y combinación que de esas formas de lucha se hace. Así, la lucha armada se sitúa en un lugar relevante: se la concibe no sólo tácticamente de acuerdo con determinadas situaciones insurreccionales -como se hacía en otro tiempo-, o por condiciones momentáneas o locales, sino sobre todo de acuerdo con las condiciones generales del monopolismo y del imperialismo, es decir, estratégicamente. De aquí que tengamos necesidad de considerar no sólo la situación revolucionaria, en cuanto a los objetivos insurreccionales se refiere, sino también el ejército guerrillero, en tanto a unas características de Guerra Popular Prolongada que, por otro lado, no se puede concebir únicamente en nuestros países de manera militar, sino también en relación con los demás frentes de la lucha revolucionaria.
Como conclusión, podemos decir que, en nuestra opinión, nuestra revolución pasará por dos fases: la defensiva estratégica del desarrollo de la Guerra Popular Prolongada y la fase de la insurrección.

Hace algún tiempo que entre los revolucionarios europeos se están debatiendo, precisamente, importantes cuestiones relativas a la estrategia de la revolución. Tomando como ejemplo el debate que se ha entablado en las Brigadas Rojas, nosotros creemos que guerra prolongada e insurrección son dos conceptos complementarios y no excluyentes. Sólo desde la perspectiva de los principios es como podemos comprender el alcance y significados reales que tienen en nuestros países los conceptos de guerra prolongada e insurrección. Se trata de dos ideas que nosotros, los comunistas españoles, después de un análisis detallado de nuestra historia más reciente, de nuestras experiencias en el campo de batalla y de la situación económica y política de nuestro país, combinamos en nuestra estrategia revolucionaria por la revolución socialista en España. Sin embargo, pensamos que salvando las diferencias secundarias entre nuestros países, las similitudes son tan acusadas en lo referente al desarrollo económico, a las políticas imperialistas y proimperialistas, al régimen político e incluso a muchos aspectos de la historia reciente que, como el mismo debate en curso en Italia demuestra, se puede decir que la estrategia en Europa es, en lo esencial, una sola. Nada nuevo si consideramos además que toda Europa es, con raras excepciones, ya desde el siglo pasado un crisol de naciones con una estrecha semejanza y poderosas influencias recíprocas.

Pero las dificultades aparecen, dentro del debate de las Brigadas Rojas, cuando se trata de unir creadoramente el concepto leninista de situación revolucionaria con el otro concepto acuñado por Mao Zedong de Guerra Popular Prolongada. Enfrentar ambos conceptos entre sí, tal como fueron enunciados, pero dentro del marco moderno en que se encuentran los países capitalistas monopolistas de Estado, conduce, cuando menos, a verdaderos quebraderos de cabeza. No se puede extraer fuera de su contexto el análisis leninista de la situación revolucionaria realizado en La bancarrota de la II Internacional y aplicarlo sin más a las condiciones actuales. Algo semejante ocurre con los estudios de Mao sobre la estrategia de la Guerra Popular Prolongada realizados para las condiciones China en los años 30 y 40.
Teniendo en cuenta las características actuales de nuestra sociedad, nosotros consideramos que el objetivo de la primera fase de la estrategia comunista es crear las condiciones subjetivas y favorecer el desarrollo de las condiciones objetivas necesarias para que se dé una situación revolucionaria insurreccional. Esta fase se corresponde con la etapa defensiva de la Guerra Popular Prolongada. Y cuando se hayan alcanzado aquellos supuestos, la fase siguiente sólo puede ser la insurrección. Recuérdese que nuestros países son de población casi totalmente urbana (es raro el país con más de un 10 por ciento de población activa campesina -el promedio de la Comunidad Económica Europea es del 8,2 por ciento), por lo que no es posible crear zonas rojas liberadas, ni acosar las ciudades desde el campo. Es, pues, erróneo identificar la Guerra Popular Prolongada en Europa con zonas o territorios rojos liberados en el campo, o con algún tipo concreto de guerra de guerrillas rurales o guerra de movimientos.
Esta combinación original de las estrategias revolucionarias más sobresalientes de la historia del proletariado se corresponde perfectamente con la situación en los países europeos. No es suficiente con que se reconozca la necesidad y conveniencia de la lucha armada aun para situaciones políticas que no se consideran revolucionarias, como observamos en el debate de las Brigadas Rojas. En primer lugar, debemos saber con claridad qué causas subjetivas y objetivas originan y justifican la lucha armada proletaria. En segundo lugar, debemos estudiar de cerca el carácter de la situación política actual, si es o no revolucionaria, y cuáles son sus rasgos definitorios. Por último, tenemos que discernir claramente cuál es el papel que juega la guerrilla urbana dentro del conjunto del Movimiento Político de Resistencia, en especial sus relaciones con el Partido proletario. Este último punto lo veremos detenidamente en el siguiente apartado.

Así, debido a la larga existencia en España de un régimen político de características fascistas, la lucha en nuestro país viene transcurriendo y transcurrirá por cauces revolucionarios, no pacíficos. Y si bien en otros países de nuestro entorno la situación política no es exactamente la misma que en España, las consecuencias -la tendencia de las masas a la lucha revolucionaria- son, sin embargo, idénticas. Ahí tenemos la fascistización creciente de los Estados policíacos de los monopolios, la merma de las libertades y derechos burgueses de las masas, y la persecución y colocación fuera de la ley de todo lo que se salga de los estrechos márgenes constitucionales (como la verdadera lucha por los objetivos socialistas y el derrocamiento del Estado de la burguesía).
En España, debido a nuestras peculiaridades históricas, creemos que las experiencias de las masas al respecto están más avanzadas que en otros países europeos. Cosa natural si tenemos en cuenta que a la sublevación fascista y a la derrota de las fuerzas populares en nuestra Guerra Nacional Revolucionaria le siguieron la larga y valiente lucha guerrillera de la postguerra y más de cuarenta años de fascismo abierto; añadamos también el revés sufrido recientemente por la reacción con el fracaso de la Reforma. Todos estos hechos están presentes en la mente de las masas y demuestran rotundamente que el socialismo sólo se puede alcanzar destruyendo el odiado régimen fascista de los monopolios mediante las armas. En los otros países que tras la II Guerra Mundial y a costa de ríos de sangre y altos sacrificios lograron determinadas libertades y derechos democráticos, la experiencia de las masas es algo diferente. Pero esto no evita que ningún gobierno se encuentre hoy seguro del día de mañana, ni protegido de la bancarrota financiera ni de la crisis económica permanente. ¿No apelan acaso a las masas para que derrochen heroísmo, sacrificio y soporten la penuria estoicamente? Podemos, pues, hablar de una situación política que, aparentemente controlada, se encuentra por el contrario en desarrollo en el sentido revolucionario.
De aquí que se cometa un grave error cuando se quiere sacar como conclusión de la historia de las revoluciones europeas que, para que haya una situación revolucionaria, sea necesario algún tipo de guerra interimperialista, que únicamente este tipo de guerra puede crear tal situación. Vincular las esperanzas de una situación revolucionaria exclusivamente con el comienzo de un guerra interimperialista es un flaco servicio a la estrategia comunista. En la actual situación internacional no existe un riesgo muy acusado de guerra o agresión a los países socialistas, aunque una posibilidad de este tipo nunca se puede descartar. Pero es aún mucho menor el riesgo de una guerra entre ellos, entre los países imperialistas. En todo caso, es el campo imperialista quien lleva todas las de perder. Por este motivo, a los países capitalistas aliados, aunque se rearmen y desarrollen una carrera de armamentos, difícilmente les interesa (en la situación presente de crisis económica, política y moral irreversible en que se debaten) una guerra de este tipo. Las experiencias funestas que para ellos tuvieron la I y II Guerras Mundiales y sus otras derrotas posteriores, infligidas por los movimientos liberadores de las colonias y por los países socialistas, los contienen.
Si hoy día en los países capitalistas vivimos una situación revolucionaria más o menos abierta, una guerra civil larvada, nada se opone a que los comunistas empiecen a trabajar por la revolución. En primer lugar, porque no está de ninguna manera descartado que la revolución se produzca en uno o más países a través de la guerra civil que se está desarrollando; y esto sin que tenga que ocurrir necesariamente una guerra mundial (contra el socialismo, sin duda). Y, en segundo lugar, porque en el caso de que se produzca ya estaremos preparados para ella. Y estaremos preparados desde el momento en que nuestra obligación como comunistas es trabajar desde ahora por la revolución proletaria en todas sus vertientes, explicando la amplitud y profundidad de la crisis económica y la descomposición del régimen,despertando la conciencia y la determinación revolucionaria de las masas y animándolas a organizarse políticamente o a incorporarse a la guerrilla. Como está archidemostrado, el Estado moderno en virtud de las experiencias que ha ido adquiriendo en su lucha contra el movimiento obrero y comunista internacional y contra el socialismo, no permitirá al movimiento revolucionario concentrar sus fuerzas y organizarse de manera pacífica ni se dejará sorprender por una insurrección que estalle en un momento dado, ni siquiera si ésta es provocada por una guerra interimperialista, ya que este Estado es la contrarrevolución organizada permanentemente. La insurrección, cuando estalle, debe estar preparada por largos años de lucha del Movimiento Político de Resistencia, un período de tiempo en que habrá numerosos avances y retrocesos, en que habrá de aprender a utilizar todos los métodos de lucha, en que habrá que ir acumulando las fuerzas revolucionarias para el asalto final, en que lo político y lo militar deberán combinarse adecuadamente. Y esta dirección política y militar sólo la puede ofrecer el Partido Comunista.

Como dice el Proyecto de Programa-Manual del Guerrillero editado por los GRAPO: Dada la situación en que se encuentran las masas y sus organizaciones de vanguardia en los países capitalistas, sus fuerzas organizadas son actualmente inferiores ron respecto a las fuerzas de la reacción y el imperialismo. Esta inferioridad se debe, principalmente, a la penuria, a la represión que sufren y a las dificultades que les impone el Estado. En tales circunstancias, sólo la lucha política de resistencia y la estrategia de la guerra prolongada de guerrillas podrán ir cambiando esa relación desfavorable por otra favorable; sólo la lucha de resistencia y la lucha armada revolucionaria podrán permitir la acumulación de las fuerzas propias.
Este es el camino que permite acumular fuerzas revolucionarias en la guerrilla y en las otras organizaciones partidistas, democráticas y antifascistas. Y esta acumulación, si es verdadera, solo puede hacerse desde la clandestinidad y apoyándose en la situación favorable que crea la lucha armada. En las condiciones actuales, en que las formas legales y semilegales de lucha han dejado de ser determinantes para el desarrollo del movimiento revolucionario, sigue siendo válido el principio leninista de aprovechar la legalidad, la semilegalidad y la semiclandestinidad para favorecer el fortalecimiento y desarrollo del aparato clandestino del Partido, de la organización de revolucionarios profesionales. De esta manera, el Partido hunde sus raíces entre las masas y se une a ellas, rompiendo el cerco y aislamiento que puedan pender sobre él, siendo esto la mejor garantía para su seguridad. Por esta razón, no se puede romper nunca con la especialización de las funciones partidistas, sino sacar beneficio de su relación mutua, siempre en función de lo que es fundamental: la clandestinidad. Esta clandestinidad, lo mismo que la legalidad impuesta por el movimiento de resistencia de las masas, se ven favorecidas por las acciones y el desarrollo de la guerrilla urbana.
De todo lo anterior se desprende, pues, la gran importancia que tiene una combinación acertada de las diferentes formas de lucha y el papel decisivo del Partido en el planteamiento de las fases generales de la estrategia y de la táctica correspondiente a cada giro de la lucha, del combate político y militar.

Aclarada la cuestión relativa a la estrategia comunista que, en palabras de Stalin, decide en sus nueve décimas partes la suerte de toda la guerra, podemos meternos de lleno en el reparto de tareas, objetivos y actividades dentro del Movimiento Político de Resistencia.

Tareas del Partido Comunista y de la guerrilla:

La guerra de guerrillas es una forma de guerra civil que, aunque larvada, está ahí y madura. Y, efectivamente, por tratarse de una guerra requiere de un análisis militar. Sobre esto no hay duda posible. Pero no se debe perder de vista que la guerra de guerrillas en los países capitalistas, al ser la continuación de la política proletaria por otros medios, los medios violentos, debe estar dirigida en todo momento por la política, por el Partido. Hoy, al igual que ayer, es válida la consigna de que es el Partido quien dirige al fusil. Y como la lucha armada juega un papel tan destacado en los países capitalistas modernos, es necesario que el Partido Comunista tome con toda firmeza bajo su control la dirección política, y por tanto, en cierta medida, también militar del movimiento guerrillero.

Cometen un craso error quienes se obstinan en conducir la guerra de guerrillas con criterios exclusivamente militares. Hacerlo así sería contraproducente, pues hasta las leyes de la guerra, especialmente las leyes de (a guerra de guerrillas, obedecen a profundas razones económicas, políticas e históricas. Estas razones las analiza el Partido Comunista a la luz del marxismo-leninismo, extrayendo de su estudio las leyes generales de esta guerra popular, es decir, la estrategia y la táctica del proletariado revolucionario. Y esta tarea la puede realizar únicamente el Partido Comunista al estar enraizado entre las masas obreras y populares y contar con su apoyo y confianza. No están al alcance de la organización armada -como tal organización armada- ni la elaboración del programa, o la estrategia; esto únicamente se encuentra al alcance del Partido y son tareas principalmente suyas. De mantenerse una posición militarista nos llevaría implacablemente, a no tardar, al arroyo del oportunismo, a caer presos de las redes tendidas por la burguesía.

La idea de un Partido-guerrilla, o la militarización total del Partido, no se corresponde ni con la situación de la lucha de clases en nuestros países ni, por lo tanto, con las tareas que tiene planteadas el proletariado revolucionario.En primer lugar, porque la idea del Partido-guerrilla u otra similar esconde el propósito de una organización exclusivamente militar, o sea, el ejército como la única forma de organización del proletariado revolucionario moderno. Esto llevaría aparejado que la única forma de encuadramiento en la actualidad sería el encuadramiento militar, las tareas principalmente militares, los organismos, funciones y relaciones militares, y los objetivos fundamentalmente militares. Esta estructura organizativa podría muy bien convenir a las necesidades de los países coloniales y semicoloniales; pero esto es falso incluso en estos países, donde, pese a que las masas se organizan en el ejército y la guerra es la principal forma de lucha, la organización política ha dirigido siempre la organización militar. Recordemos que la derrota más importante sufrida por el imperialismo en el campo de batalla en época reciente fue frente al FLN de Vietnam y al pueblo vietnamita, dirigidos por el Partido Comunista de Vietnam.
Los comunistas debemos siempre velar por dirigir todas las formas de lucha del proletariado, por muy dispares que sean, lo que únicamente es posible desde la organización partidista. Si en los países coloniales y semicoloniales el reclutamiento ha sido sobre todo hacia el ejército, este hecho no se ha reñido nunca con la dirección comunista. En nuestro país, hemos comprendido que el encuadramiento del proletariado consciente será por bastante tiempo principalmente partidista, pero sin descuidar en ningún momento la guerrilla. De esta manera, damos paso hacia la guerrilla a todos los trabajadores y revolucionarios que quieran combatir con las armas en la mano.

Y, en segundo lugar, la idea del Partido-guerrilla es errónea porque el Movimiento Político de Resistencia tiene, aparte de las tareas militares, otras múltiples tareas que no encajan, de ningún modo, dentro de las rigideces de un Partido militarizado. Las luchas de las amplias masas de obreros y trabajadores necesitan de la dirección política del Partido Comunista. Este da cauces a su ardor y determinación revolucionarias, sintetizando las experiencias de sus luchas y extendiéndolas. A la vez, forma los cuadros que va necesitando todo el Movimiento, tendiendo los lazos orgánicos entre las distintas organizaciones en base a unos principios ideológicos y políticos mínimos. También difunde y hace propaganda de la línea política que defiende el Partido, y alerta a los obreros de las maniobras de la burguesía, llevando a cabo una poderosa y decisiva lucha contra la ideología burguesa; en este sentido, desenmascara y no da tregua a las proclamas, consignas y tácticas diversionistas del revisionismo moderno.
Estas tareas imprescindibles para el movimiento revolucionario de los países capitalistas no las puede realizar, por mucho que se lo proponga, el llamado Partido-guerrilla, ya que se salen de su esfera de influencia, de su capacidad política y de sus posibilidades organizativas. Recordemos que las formas de organización se adaptan siempre a las formas de lucha. De donde se desprende que el guerrillero y la guerrilla, por su naturaleza esencialmente militar, están impedidos de efectuar esas tareas políticas e ideológicas en el grado que requiere todo el movimiento. Esto no impide, desde luego, determinadas e insoslayables tareas de tipo político o ideológico en el seno de la guerrilla. Estas tareas están dirigidas a lograr la cohesión política e ideológica de los componentes de la guerrilla, a mantener estrechos vínculos con las masas y a no perder la perspectiva de los objetivos políticos del proletariado. Se debe, pues, promover la discusión de los problemas políticos, preferentemente los que afectan al movimiento de resistencia popular, aparte de los que son de la única incumbencia de la organización armada. Se deben analizar, asimismo, las experiencias e intercambiarlas con las de otras organizaciones. Por último, como tarea más singular de la guerrilla, se debe discutir la conveniencia o no de determinadas tácticas militares, la elección de los objetivos y el planteamiento de la acción militar. Por lo demás, debe quedar suficientemente claro que la guerrilla sin el Partido terminaría extraviándose.

El Partido, como destacamento de vanguardia y núcleo dirigente del proletariado, es quien está mejor preparado para llevar a buen término las tareas de tipo fundamentalmente político, y es obligación suya hacerlo. En caso contrario, el movimiento de las amplias masas y sus luchas serían fácilmente desorientadas y desviadas, cayendo en la desmoralización. El Partido asegura, al mismo tiempo, la conexión sustanciosa y fructífera entre la guerrilla y el movimiento político de las amplias masas. El establecimiento de estos lazos permite al Partido dar continuidad a la actividad guerrillera, nutriendo sus filas de comunistas experimentados y firmes; asimismo, coordina las diferentes actividades y tareas, y establece la distribución más conveniente de las fuerzas organizadas, señalando los objetivos inmediatos y a más largo plazo. No hay otra manera de fortalecer la organización armada y el movimiento de resistencia popular.
La distribución de las fuerzas organizadas en el conjunto del Movimiento de Resistencia es una tarea que el Partido Comunista debe realizar con cuidado y esmero. Para ello debe atenderse a la situación política de cada momento, al estado de ánimo de las masas y al grado de aceptación de la línea política revolucionaria, poniendo especial atención en cómo acogen las masas las acciones de la guerrilla. A esto hay que unir un conocimiento exhaustivo del nivel de las fuerzas disponibles (su extensión, capacidad combativa, determinación revolucionaria, moral, experiencias acumuladas, etc.). Dentro de esta distribución de fuerzas, el Partido tiene un papel fundamental que cumplir en lo referente a la reposición y fortalecimiento de la organización guerrillera.
Qué duda cabe que el ejército guerrillero puede también por sí mismo realizar diferentes incorporaciones; éste es un hecho comprobado. Sin embargo, la experiencia adquirida por el PCE(r) y los GRAPO en España nos demuestra que es arduo y esporádico, y obedece más bien a circunstancias fortuitas que no son siempre consecuencia de la labor realizada con esos fines. Hay que añadir, además, que esas incorporaciones son, en determinadas situaciones de acoso del enemigo, muy difíciles de realizar. En este sentido nuestra experiencia es apabullante.

Hasta ahora, el mayor número de incorporaciones a la guerrilla ha provenido de las filas del PCE(r), y, en menor medida, de otras organizaciones democráticas antifascistas. Esto aseguraba que la dirección guerrillera estuviera dotada de una gran firmeza, por lo que la policía, conocedora de esta relación, actuó sin contemplaciones sobre nuestro Partido y las otras organizaciones antifascistas. Esto no es, desde luego, ninguna razón para que cambiemos ahora esta relación solidaria y fraternal por otra más segura. En cualquier caso, de lo que se trata es de perfeccionarlas, ya que ha sido precisamente esta relación la que nos ha permitido reponernos de los, a veces, contundentes golpes policiales. Gracias a ella hemos salido de las situaciones más embarazosas y atravesado con éxito una de las etapas más decisivas de nuestra historia. Precisamente ha sido en esos momentos cuando hemos extendido nuestra influencia entre vas masas, hemos repuesto las pérdidas sufridas en nuestras filas y echado firmes raíces en amplios sectores populares. Por último, hemos podido comprobar en la práctica la justeza de nuestra línea política, de nuestra táctica y estrategia, y mejorarlas y perfeccionarlas con más precisión.
El movimiento de masas -dice el ‘Proyecto de Programa’ de los GRAPO ya citado- destaca al partido y a la guerrilla y las nutre continuamente de los hombres y mujeres más decididos. También les aporta incontables y preciosas experiencias. El Partido, a su vez, organiza la lucha, la dota de unos objetivos y de un programa claro y forma a los cuadros dirigentes que necesita (y van a necesitar cada vez más en mayor número) el movimiento de masas y sus organizaciones, y entre ellas, la misma guerrilla. Esta labor general del Partido y la lucha armada de guerrillas estimula continuamente al movimiento popular a seguir adelante, le orienta, le da ejemplo de firmeza, de arrojo y resolución; le allana el terreno de sus conquistas y va abriendo una senda cada día más ancha y prometedora. Al final de este proceso, se producirá la gran confluencia entre las masas y sus organizaciones, el Partido y el ejército popular. Será el momento de la insurrección general que acabe con el régimen de ignominia que venimos padeciendo.

De donde se ve que la guerrilla sola, el ejército popular únicamente, por muy bien organizado que esté, no puede, por sí mismo, asegurar la victoria. Sencillamente porque no va a poder acumular la fuerza militar necesaria y suficiente para derrotar y aniquilar al ejército enemigo. Al respecto debemos tener muy presente las experiencias del movimiento revolucionario de todo el mundo. Estas nos dicen que la guerrilla urbana difícilmente puede acumular grandes cantidades de combatientes, mientras el Partido sí puede hacerlo. De aquí que durante mucho tiempo la guerrilla urbana europea tendrá que mantenerse con un pequeño ejército de combatientes que apoya, fortalece y favorece la acumulación de fuerzas por todo el Movimiento Político de Resistencia. La ampliación de este pequeño ejército corresponderá con determinadas fases de la lucha de clases, según se vaya asentando el movimiento revolucionario.
En definitiva, si aseguramos que el Partido Comunista dirija la guerrilla y el ejército popular entonces podremos asegurar la victoria, pues no es el ejército quien va a hacer la revolución, sino quien va a ayudar a las masas a hacerla.
Insurrección y guerra popular prolongada son, pues, dos conceptos inseparables y complementarios, insustituibles de la estrategia comunista en los países de Europa. Es labor de los comunistas combinarlos inteligentemente de acuerdo con las condiciones de nuestros países. No se puede rechazar uno en detrimento del otro recurriendo a ejemplos históricos que, tomados aisladamente, son ajenos a la realidad actual de Europa.
La revolución -dice el Secretario General del PCE(r), F. Arenas- tiene sus propias peculiaridades en cada país y eso exige de nosotros, los comunistas, los que nos proponemos organizarla, encabezarla y dirigirla, que realicemos un gran esfuerzo para descubrirlas. En este sentido son muy valiosas las experiencias y enseñanzas que se desprenden de las revoluciones de otros países, pero no debemos copiarlas ni imitarlas ciegamente, sin discernir entre lo que hay de válido y de rechazable para nosotros. Nada puede sustituir nuestro análisis y nuestra propia experiencia, realizadas conforme a los principios del marxismo-leninismo, de su espíritu creador siempre vivo, no de su letra muerta (Entre dos fuegos).
De modo que, debido a las peculiares características económicas y políticas de España, las formas de lucha y de organización no pueden ser principalmente militares: La acumulación de fuerzas revolucionarias, su educación y encuadramiento, a diferencia de como se hizo en China y otros países agrarios, […] se tiene que realizar de un modo diferente, o sea, […] mediante el Movimiento de Resistencia Popular, en el que se combinan la lucha política de las masas, las huelgas, las manifestaciones, etc., con la lucha armada guerrillera practicada por pequeños grupos, todo ello organizado y dirigido por el Partido proletario (Entre dos fuegos).
La guerrilla en su etapa actual de lucha político-militar tiene por principal objetivo la acumulación de fuerzas revolucionarias y la preparación de las condiciones generales (políticas, orgánicas, económicas, militares, etc.) que faciliten la extensión y el fortalecimiento del movimiento revolucionario, ya que los golpes de la guerrilla alientan a las masas, favorecen su encuadramiento y ganan terreno para la organización de los obreros, preparando al mismo tiempo las condiciones para golpes más contundentes. Al final del proceso, como recogimos anteriormente, se producirá la gran confluencia entre las masas y sus organizaciones, el Partido y el ejército popular. Será el momento de la insurrección general.

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