Stalin: Dos batallas (Con motivo del 9 de enero)


Seguramente recordaréis el 9 de enero del año pasado… Fue el día en que el proletariado de Petersburgo se encontró cara a cara con el gobierno zarista y, sin proponérselo, chocó con él. En efecto, sin proponérselo, pues acudía en procesión pacífica ante el zar pidiendo «pan y justicia», y fue recibido hostilmente, rociándosele con una lluvia de balas. Había depositado sus esperanzas en los retratos del zar y en los estandartes religiosos, pero unos y otros fueron despedazados y se los arrojaron a la cara, mostrándole así con toda diafanidad que a las armas sólo pueden ser opuestas las armas. Y empuñó las armas –en los casos en que pudo disponer de ellas–, las empuñó para recibir al enemigo como a tal enemigo y vengarse de él. Pero después de dejar en el campo de batalla millares de bajas y de sufrir grandes pérdidas, retrocedió, conteniendo en el pecho la rabia…

Esto es lo que nos recuerda el 9 de enero del año pasado.

Hoy, cuando el proletariado de Rusia conmemora el aniversario del 9 de enero, no  estará de más preguntar: ¿por qué retrocedió el año pasado el proletariado de Petersburgo en aquella batalla y qué diferencia hay entre la batalla de entonces y la batalla general de diciembre?

Ante todo retrocedió porque carecía hasta del mínimo de conciencia revolucionaria que, sin duda alguna, es necesario para la victoria de la insurrección. Un proletariado que acude con plegarias y esperanzas ante el sanguinario zar, cuya existencia toda descansa en la opresión del pueblo, un proletariado que acude crédulo ante su enemigo jurado a pedir «un grano de misericordia», ¿acaso tal masa puede imponerse en la lucha de calle?…

Es verdad que, muy poco después, las descargas de fusilería abrieron los ojos al proletariado engañado, mostrándole claramente a la repulsiva fisonomía de la autocracia; es verdad que entonces exclamó iracundo: «Ya que el zar nos ha recibido a tiros, ¡le pagaremos con la misma moneda!» Pero ¿qué saca uno con eso, si no tiene armas, qué puede hacer con las manos vacías en la lucha de calle, aunque sea consciente? ¿Acaso las balas del enemigo no atraviesan lo mismo la cabeza del consciente que la del inconsciente?

Sí, la falta de armas fue la segunda causa del repliegue del proletariado de Petersburgo.

Ahora bien, ¿qué podía haber hecho Petersburgo solo, aunque hubiera tenido armas?
Cuando en Petersburgo corría la sangre y se levantaban barricadas, en otras ciudades nadie movía ni un dedo: por eso el gobierno pudo concentrar tropas de otros lugares y empapar de sangre las calles. Y sólo después, cuando el proletariado de Petersburgo, luego de dar tierra a los restos mortales de los camaradas caídos, volvió a sus ocupaciones cotidianas, sólo después se oyó en diferentes ciudades el clamor de los obreros en huelga: ¡un saludo a los héroes de Petersburgo! Pero ¿a quién podía servir y qué podía dar este saludo tardío? Por eso el gobierno no tomó en serio estas acciones sueltas y carentes de organización y dispersó sin gran esfuerzo al proletariado fraccionado en grupos.

Por consiguiente, la ausencia de una insurrección general organizada, la falta de organización de las acciones del proletariado fue la tercera causa del repliegue del proletariado de Petersburgo.

¿Y quién iba a organizar la insurrección general? El pueblo en su conjunto no podía encargarse de esta tarea, y la parte avanzada del proletariado –el Partido del proletariado– no estaba organizada, veíase desgarrada por las discrepancias existentes en el seno del Partido: la guerra intestina, la escisión en el interior del Partido la debilitaban de día en día. No es extraño que el joven Partido, dividido en dos, no pudiera tomar a su cargo la organización de la insurrección general.

Por consiguiente, la falta de un partido único y cohesionado fue la cuarta causa del repliegue del proletariado.

Y, en fin, si el campesinado y las tropas no se unieron a la insurrección y no le aportaron nuevas fuerzas, ello se debió a que en aquella débil y fugaz insurrección no pudieron ver una fuerza especial, y a los débiles, como es sabido, nadie se une.

Por estas razones retrocedió el heroico proletariado de Petersburgo en enero del año pasado.

El tiempo ha seguido su marcha. El proletariado, puesto en movimiento por la crisis y por la falta de derechos, ha venido preparándose para la nueva batalla. Equivocáronse los que pensaban que las víctimas del 9 de enero apagarían en el proletariado toda voluntad de lucha; por el contrario, éste se ha preparado todavía con más ahínco y abnegación para la batalla «final», ha luchado con más valor y tenacidad aún contra las tropas y los cosacos. La insurrección de los marinos en el Mar negro y en el Báltico, la insurrección de los obreros en Odesa, en Lodz y en otras ciudades, las incesantes colisiones de los campesinos con la policía han demostrado claramente qué inextinguible fuego revolucionario arde en el pecho del pueblo.

La conciencia revolucionaria que el 9 de enero faltaba al proletariado, éste la ha ido adquiriendo con asombrosa rapidez en los últimos tiempos. Se dice que diez años de propaganda no hubieran podido dar tanto para el desarrollo de la conciencia del proletariado como han dado las jornadas de la insurrección. Y así debía ser precisamente, pues el proceso de las batallas de clases es la gran escuela en la que la conciencia revolucionaria del pueblo crece no por días, sino por horas.

La insurrección armada general, que en los primeros momentos propugnaba sólo un pequeño grupo del proletariado; la insurrección armada, ante la que algunos camaradas mantenían hasta una actitud escéptica, ha ido ganando poco a poco las simpatías del proletariado, y éste ha ido organizando febrilmente destacamentos rojos, ha ido adquiriendo armas, etc. La huelga general de octubre demostró con nitidez la posibilidad de una acción simultánea del proletariado. Así se demostró la posibilidad de una insurrección organizada, y el proletariado emprendió decididamente este camino.

Era necesario sólo un partido cohesionado, un partido socialdemócrata único en indiviso, que encabezara la organización del levantamiento general, unificase la preparación revolucionaria que se efectuaba de modo disperso en las diferentes ciudades y fuera el iniciador de la ofensiva. Tanto más por cuanto que la vida misma preparaba un nuevo auge: la crisis en la ciudad, el hambre en el campo y otras causas análogas hacían inevitable de un día para otro una nueva explosión revolucionaria. La desgracia consistió en que tal partido empezaba sólo entonces a crearse: debilitado por la escisión, el Partido se reponía y llevaba adelante la obra de la unificación.

Precisamente en ese momento ha sorprendido al proletariado de Rusia el segundo choque, la gloriosa batalla de diciembre.

Hablaremos ahora de este choque.

Si de la batalla de enero hemos dicho que le faltó conciencia revolucionaria, de la batalla de diciembre debemos decir que ahora ha existido tal conciencia. Once meses de tormenta revolucionaria habían abierto suficientemente los ojos al proletariado de Rusia en lucha, y las consignas: «¡Abajo la autocracia!», «¡Viva la república democrática!» pasaron a ser las consignas del día, las consignas de las masas. Aquí ya no veríais ni los estandartes religiosos, ni iconos, ni retratos del zar; en su lugar ondeaban las banderas rojas y se veían los retratos de Marx y Engels. Aquí no escucharíais ya el canto de los salmos ni el «Dios guarde al zar»; en su lugar resonaban «La Marsellesa» y «La Varsoviana», que ensordecían a los opresores.

Por lo tanto, en lo que afecta a la conciencia revolucionaria, la batalla de diciembre se ha diferenciado radicalmente de la de enero.

A la batalla de enero le faltó armamento; el pueblo marchó entonces inerme a la lucha. La batalla de diciembre ha sido un paso adelante; todos los combatientes se han lanzado ahora con revólveres, fusiles, bombas, y en algunos sitios, hasta con ametralladoras, a la conquista de las armas. La consigna del día a sido conseguir armas mediante las armas. Todos las buscaban, todos sentían la necesidad de tenerlas; lo lamentable ha sido la gran escasez de armas y que sólo un número insignificante de proletarios haya podido actuar armado.

La insurrección de enero fue completamente desperdigada, careció de organización, cada uno actuaba al azar. La insurrección de diciembre también ha dado un paso adelante en este aspecto. Los Soviets de Diputados Obreros de Petersburgo y de Moscú y los centros de la «mayoría» y de la «minoría» han «tomado medidas», en cuanto ha sido posible, para que el levantamiento revolucionario fuese simultáneo: han llamado al proletariado de Rusia a desencadenar un ataque simultáneo. En cambio, durante la insurrección de enero no se hizo nada semejante. Pero como a este llamamiento no había precedido un prolongado y tenaz trabajo del Partido en la preparación de la insurrección, el llamamiento ha quedado en llamamiento y la acción ha sido de hecho desperdigada y ha carecido de organización. Sólo existía el propósito de ir a una insurrección simultánea y organizada.

La insurrección de enero fue «dirigida» principalmente por los Gapón[ 1 ]. La insurrección de diciembre ha contado en este aspecto con la ventaja de haber tenido a su frente a los socialdemócratas. Pero lo lamentable ha sido que estos últimos estaban divididos en grupos, no formaban un solo partido cohesionado, razón por la cual no podían actuar al unísono. Una vez más el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia ha llegado a la insurrección fraccionado y no preparado.

La batalla de enero no tenía ningún plan, no se regía por ninguna política determinada, no se preguntaba: ¿ofensiva o defensiva? La batalla de diciembre ha tenido tan sólo la ventaja de haberse planteado con claridad tal problema, pero únicamente en el curso de la lucha, y no en su comienzo mismo. Por lo que se refiere a la solución de este problema, la insurrección de diciembre ha revelado la misma debilidad que la de enero. Si los revolucionarios de Moscú se hubieran atenido desde el comienzo mismo a la política de ofensiva, si desde el comienzo mismo hubieran atacado, por ejemplo, la estación de Nicolás y la hubiesen tomado, entonces, naturalmente, la insurrección habría sido más prolongada y habría seguido una orientación más deseable. O, por ejemplo, si los revolucionarios letones hubiesen aplicado resueltamente una política de ofensiva y no hubieran vacilado, es indudable que se habrían apoderado en primer término de las baterías artilleras, privando así de todo apoyo a las autoridades, que al principio han dejado que los revolucionarios tomasen las ciudades y después, pasando a su vez a la ofensiva, han recuperado con ayuda de los cañones las localidades que habían perdido[ 2 ]. Lo mismo hay que decir de otras ciudades. Por algo escribía Marx: en la insurrección triunfa la audacia, y sólo puede ser audaz hasta el fin el que se atiene a la política de ofensiva.

Esto es lo que ha originado el repliegue del proletariado a mediados de diciembre.

Si el campesinado y las tropas en su inmensa mayoría no se han incorporado a la batalla de diciembre, si esta última incluso ha suscitado descontento en ciertos círculos «democráticos», esto se debe a que ha carecido de la fuerza y la persistencia tan necesarias para propagar la insurrección y para llevarla hasta la victoria.

De lo dicho se evidencia lo que debemos hacer hoy los socialdemócratas de Rusia.

En primer lugar, nuestra tarea consiste en dar cima a la obra ya iniciada: la creación de un partido único e indiviso. Las Conferencias de toda Rusia de la «mayoría» y de la «minoría» han elaborado ya los principios orgánicos para la unificación. Ha sido aprobada la fórmula de Lenin sobre los requisitos necesarios para ser miembro del Partido y ha sido aprobado el principio del centralismo democrático. Los organismos centrales ideológicos y prácticos se han fusionado ya, y la fusión de las organizaciones locales está ya casi terminada. Sólo es necesario el Congreso de Unificación, que culmine desde el punto de vista formal la unificación lograda en la práctica y nos dé así un Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia único e indiviso. Nuestra tarea consiste en cooperar a esta obra de tanto valor para nosotros y preparar de manera escrupulosa el Congreso de Unificación, que, como es sabido, debe inaugurarse en fecha próxima.

En segundo lugar, nuestra tarea consiste en ayudar al Partido a organizar la insurrección armada, intervenir de un modo activo en esta sagrada obra y trabajar sin descanso para ella. Nuestra tarea consiste en multiplicar los destacamentos rojos, instruirlos y agruparlos estrechamente; nuestra tarea consiste en conseguir armas por medio de las armas, estudiar el emplazamiento de las instituciones estatales, determinar las fuerzas del enemigo, estudiar sus puntos fuertes y débiles y, de acuerdo con ello, trazar el plan de la insurrección. Nuestra tarea consiste en desarrollar una agitación sistemática en el ejército y en el campo, particularmente en las aldeas situadas cerca de las ciudades, a favor de la insurrección, armar a los elementos seguros de estas aldeas, etc., etc…

En tercer lugar, nuestra tarea consiste en desechar toda vacilación, condenar todaincertidumbre y aplicar resueltamente la política de ofensiva…

En una palabra, un partido unido, una insurrección organizada por el Partido y una
política de ofensiva: he aquí lo que necesitamos hoy para la victoria de la insurrección.

Y esta tarea se hace tanto más imperiosa y apremiante cuanto más se ahonda y agudiza el hambre en el campo y la crisis industrial en la ciudad.

Algunos, por lo visto, sienten ahora dudas respecto a la razón de esta verdad elemental y dicen desesperanzados: ¿qué puede hacer el Partido, aunque esté unido, si no puede agrupar al proletariado? El proletariado –dicen– está aplastado, ha perdido las esperanzas y no está como para tomar la iniciativa. Según ellos, la salvación debemos esperarla ahora del campo, la iniciativa debe partir del campo, etc. Hay que señalar que los camaradas que discurren así, cometen un profundo error. El proletariado no está en modo alguno aplastado, porque el aplastamiento del proletariado significa su muerte, y, por el contrario, continúa vivo y se fortalece cada día. Simplemente se ha replegado para, después de acumular fuerzas, dar la batalla final al gobierno zarista.

Cuando el Soviet de Diputados Obreros de Moscú, de ese mismo Moscú que de hecho ha dirigido la insurrección de diciembre, proclamó públicamente el 15 de diciembre: suspendemos temporalmente la lucha con el fin de prepararnos de una manera seria para levantar de nuevo la bandera de la insurrección, expresaba los anhelos íntimos de todo el proletariado de Rusia.

Y si algunos camaradas niegan, a pesar de todo, los hechos, si no cifran ya sus esperanzas en el proletariado y se aferran ahora a la burguesía del campo, cabe preguntar: ¿con quién tratamos, con socialistas revolucionarios o con socialdemócratas? Pues ningún socialdemócrata dudará de la verdad de que el dirigente efectivo (y no sólo ideológico) del campo es el proletariado urbano.

En otro tiempo se nos aseguraba que después del 17 de octubre la autocracia estaba aplastada, pero tampoco dimos crédito a tal afirmación, ya que el aplastamiento de la autocracia significa su muerte, y, lejos de morir, agrupaba nuevas fuerzas para un nuevo ataque. Nosotros afirmábamos que la autocracia no había hecho mas que replegarse. Resultó que llevábamos razón…

¡No, camaradas! El proletariado de Rusia no está aplastado, no ha hecho más que replegarse y ahora se apresta a nuevos y gloriosos combates. El proletariado de Rusia no arriará la bandera teñida en sangre, no cederá a nadie la dirección de la insurrección, será el único jefe digno de la revolución rusa.

7 de enero de 1906.
Se publica de acuerdo con el texto del
folleto editado por el Comité de la Unión
del Cáucaso del P.O.S.D.R.
Traducido del georgiano.

1. Gapón: sacerdote, que posteriormente fue desenmascarado como agente de la Orjana zarista.

2. En diciembre de 1905, las ciudades letonas de Tuckum, Talsen, Ruen, Friedrichsstadt y otras fueron tomadas por los destacamentos armados de los obreros, braceros y campesinos sublevados.

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