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Sobre Pio Moa por el PCE(r)


Poco antes de aquellas elecciones fraudulentas, en mayo de 1977, el Partido celebra el IV Pleno del Comité Central. En el corto espacio de tiempo recorrido tras el anterior Pleno, celebrado en noviembre de 1976, el Partido había acumulado una trascendental experiencia y avanzado pasos importantes.

El Pleno manifiesta un abierto menosprecio de las elecciones convocadas, a la vista del auge de la lucha por la amnistía en Euskal Herria, y centra su atención en reforzar la unidad de las organizaciones antifascistas.

Además propuso importantes cambios en la Línea Programática del Partido, aprobada en el I Congreso, que sucintamente eran los siguientes:

  1.   La intervención de la clase obrera y su Partido entre los sectores no proletarios de la población, que era importante para abordar las relaciones del Partido con las organizaciones antifascistas y el comité de enlace
    constituido con ellas
  2.    La inclusión de los nuevos métodos de lucha, según las experiencias de la lucha de clases dentro y fuera de España.

El Pleno discutió también el Informe de la Comisión de Organización, en el que se examinaba el enlace permanente constituido con las organizaciones antifascistas, la necesidad de fortalecer los comités que centralizaran el trabajo político en las nacionalidades y regiones, y finalizaba con las repercusiones que había tenido en las distintas organizaciones la represión policial, que consideraba mínimas por lo que podemos afirmar -decía el Informe- que hemos salido triunfantes; si bien un buen número de camaradas y simpatizantes han sufrido las torturas policiales y la cárcel y algunas organizaciones han sido seriamente diezmadas, como la de Andalucía; sin embargo, hay que señalar también la rapidez con que estas organizaciones vuelven otra vez a rehacerse con el apoyo de las masas («Resumen de lo tratado en el IV Pleno del Comité Central», en Bandera Roja, número extraordinario, 15 de mayo de 1977).

Este Informe de Organización constataba algo clásico en nuestras filas: que a pesar de que las condiciones eran óptimas, no estábamos experimentando un avance correspondiente en el trabajo de masas. Localizaba la raíz de este retraso en un trabajo superficial y activista. El asunto resultó muy discutido, si bien hubo acuerdo en destacar que, independientemente de los fallos en el trabajo práctico, bajo el fascismo no era posible un gran crecimiento numérico en las filas del Partido, ni la distribución de una cantidad exorbitante de periódicos.

En este Pleno, Pío Moa Rodríguez, un militante que provenía del Partido revisionista de Carrillo, expuso una crítica a nuestros métodos de dirección, suscitándose el correspondiente debate, en el que participaron la casi totalidad de miembros del Comité Central. La discusión no era puramente teórica por cuanto Moa Rodríguez había estado ensayando durante varios meses sus nuevas formas de trabajo político y organización. Las consecuencias derivadas de los métodos de trabajo impuestos por Moa Rodríguez habían sido funestas. No era la primera vez que se

 planteaba el problema, sino que se venía arrastrando desde hacía poco más de un año. El Comité Central rechazó las críticas y las prácticas organizativas impuestas por Moa Rodríguez, afirmando que tras ellas se encubrían posiciones políticas e ideológicas no solamente erróneas, sino abiertamente burocráticas, e incluso reaccionarias. Moa Rodríguez rechazó las críticas y tampoco reconoció los errores, lo que condujo finalmente a su expulsión del Partido.

En última instancia, Pio Moa no estaba de acuerdo con el centralismo democrático, con el funcionamiento y el tipo de organización que habíamos creado. Al Partido no le cabía ninguna duda de que a una determinada línea política correspondían unos determinados métodos de dirección, así como un tipo de organización característica. Por ello, esos métodos de trabajo erróneos derivaban de una errónea concepción sobre las condiciones en las que el Partido tenía que desarrollar sus tareas. Veníamos subrayando las difíciles circunstancias objetivas que rodeaban nuestro funcionamiento político y cómo condicionaban todos nuestros planes. Había que destacar, por tanto, el subjetivismo de Moa Rodríguez lo que más de una vez le ha conducido a confeccionar planes desmesurados, irrealizables y políticamente peligrosos que conducían al activismo desenfrenado, que es el primer indicio de la liquidación del Partido.

El sistema de funcionamiento que Moa Rodríguez pretendía introducir consistía en eliminar a los órganos intermedios del Partido y la propia Comisión de Organización del Comité Central, dirigiendo por medio de circulares, en las que se contendrían las soluciones a todos los problemas planteados por las células de base. Todo se reducía al trabajo burocrático de unos cuantos individuos que debían controlarlo todo inmiscuyéndose hasta en los más mínimos detalles sin conocerlos siquiera. Con este método de dirección se liquidaba el Partido para reducirlo a la condición de una masa amorfa de gentes que se guían por las orientaciones y consignas de un grupo de unos jefes de oficina. Dichos métodos lo cifraban todo en las posibilidades de trabajo legal que, supuestamente, permitirían un rápido desarrollo del Partido; harían posible, como no se cansaba de repetir ese oportunista, reclutar a un gran número de militantes en un cortísimo período de tiempo. De haber seguido el Partido esa línea ya habría sido liquidado como fuerza revolucionaria y estaría dedicándose a mendigar la legalización al fascismo, pues sólo así podría desarrollarse tan rápidamente como se nos proponía. Esta ha sido en todas las épocas la mayor preocupación de los oportunistas; el movimiento por el movimiento; los objetivos no son nada para ellos.

Pío Moa afirmaba en su crítica que quien dirige responde no sólo por lo buenas palabras que él diga sino del funcionamiento y marcha práctica de la organización que está bajo su responsabilidad. Él estaba por el método de la vigilancia constante sobre el funcionamiento y la marcha práctica de la organización, mientras que la dirección del Partido estaba por el método de las buenas palabras y de dejar que los camaradas menos experimentados aprendieran dándose contra el muro, como si el método del papeleo, que es el que había empleado él, no fuera precisamente el de las palabras que nos pretendía atribuir.

El Comité Central reconocía que la comunicación con las organizaciones del Partido a través de circulares se empleaba habitualmente, con el fin de ponerles al corriente de los problemas planteados, pero no podía erigirse en el método de dirección por antonomasia. La dirección exigía una organización centralizada y disciplinada, con una división del trabajo en su seno, una especialización y una profesionalización de cada uno de los órganos. La dirección del Partido no puede suplir a los organismos intermedios, que basan su trabajo en el contacto inmediato y directo con las masas: Nosotros siempre hemos tendido a hacer jugar a cada organismo, organización o camarada su verdadero papel: ayudándoles a comprender los problemas, ayudándoles a pensar por sí mismos, haciendo que asimilen cada vez mejor el marxismo-leninismo y la política del Partido sobre la base de su propia experiencia, combinando las directrices y consignas generales con la adopción de medidas concretas y vigilando para que se cumplan las tareas más importantes.

Desde hacía mucho tiempo estábamos trabajando para crear una dirección fuerte y lo más estable posible; a esta labor veníamos dedicando la mayor parte de nuestros esfuerzos. Sin este organismo de dirección, bien estructurado y con un buen funcionamiento de centralismo democrático, todo lo que se hablara acerca del Partido era una quimera. No era casualidad que Moa Rodríguez centrara sus ataques en la dirección, cuando apenas si había tenido tiempo de tomar cuerpo y, en el peor de los casos, de burocratizarse.

Para el Comité Central no cabían dudas de que había bastante más, de que se está ventilando en el Partido un problema político de la mayor importancia y no una simple cuestión de métodos de dirección; en el fondo se trata de si debemos seguir la línea de resistencia contra el fascismo y adoptar los métodos acordes con ella o, por el contrario, renunciar a esa línea empezando por cambiar sus métodos de dirección. Las críticas de Moa Rodríguez a los métodos de trabajo sólo eran la primera parte de un vasto plan destinado a desprestigiar, dividir y debilitar a la dirección del Partido y enfrentarla a la base, pues sólo de esa manera podía llevar a cabo la segunda parte del plan, completarlo, tirando abajo la línea política. Bajo la capa de perfeccionar los métodos de dirección perseguía la liquidación del Partido, el aislamiento y desprestigio de su núcleo dirigente, con el fin de crear las condiciones orgánicas necesarias para llevar a cabo su proyecto político capitulacionista.

El desarrollo de los acontecimientos confirmó plenamente esta sospecha.

El Pleno convocó el II Congreso del Partido, porque nos encontramos en el inicio de una nueva etapa de la lucha de clases en España. Ésta se caracteriza, de una parte, porque el fascismo ha dado ya por terminado su proceso ‘democratizador’al comprobar que no ha conseguido engañar ni a una mínima parte de las masas, sino que sus maniobras electorales, su ‘democracia’, ya han sido tiradas por tierra y la crisis económica se agrava mucho más. No tienen más recurso que emprender a cara descubierta la ofensiva terrorista contra las masas aumentando la explotación y la represión. Ya no le importa tanto las elecciones sino el prepararse a fondo para contener la avalancha que se le viene encima. El objetivo era precisamente impedir que el Partido concentrara su atención en la confrontación electoral, porque el boicot estaba asegurado, y había que abrir perspectivas, dar alternativas justas, señalar claramente el camino al movimiento popular, dotarlo de una firme dirección. No hacer esto es dejar las manos libres al fascismo y sus lacayos que acabarían controlándolo y liquidándolo («El II Congreso: una alternativa política», en Bandera Roja, nº 24, junio de 1977).

Pero en el corto periodo de tiempo entre el IV Pleno (mayo) y el II Congreso (junio), Pio Moa volvió a la carga, aunque ya fuera del Partido, lo que quizá le permitió descubrir algunas de sus verdaderas cartas que, esta vez, eran ya ataques directos contra nuestra línea política. Resultó evidente que antes, dentro del Partido, Pío Moa no había dicho todo lo que pensaba sobre la línea política, ni sobre la actuación de los dirigentes. Ahora lo hacía por medio de una carta que le entregó a un camarada poco antes del Congreso para que discutiéramos en él sus planteamientos. En un mes no podía haber descubierto que en el Partido se desarrolla más lo malo que lo bueno. Cualquiera podía preguntar qué había sucedido en ese corto espacio de tiempo que media entre el IV Pleno, donde Pío Moa se refería a errores sin importancia en los métodos de dirección, hasta el momento en que redactó aquel otro escrito.

Como sucedió con los mecheviques en 1903, lo que sólo parecía un problema de organización escondía un problema de estrategia que acabó emergiendo a la superficie. Pio Moa optó, finalmente, por sacar a la luz las verdaderas posiciones ideológicas y políticas que envolvían su crítica a los métodos de trabajo, que fueron sometidas a crítica en un largo artículo de Manuel Pérez titulado Las revelaciones oportunistas de Verdú, publicado en agosto de 1977 en Bandera Roja. Había otra cosa en común con los mencheviques, que el artículo de Manuel Pérez exponía: las críticas las había formulado en cuatro o cinco ocasiones, siempre aprovechando las dificultades y los momentos más críticos. Así se introducen con más facilidad, porque los militantes tienen puesta toda su atención en otras cuestiones. Una vez que comprobó que no tenía nada que hacer en nuestras filas, decidió descubrir sus verdaderos planes. Él había asegurado siempre que sus divergencias eran insignificantes; era otra forma de introducir sus tesis burocráticas más subrepticiamente. Ahora se demostraba que tampoco eso era cierto.

Era una continuación de la batalla contra el espontaneísmo que habíamos llevado contra los oportunistas de izquierda y en nuestro propio seno porque, como escribió Lenin, una noción estrecha de las tareas de organización envuelve una noción estrecha de las tareas políticas: La estructura de cualquier organismo está determinada, de modo natural e inevitable, por el contenido de la actividad de dicho organismo (1).

Su crítica se centraba en dos apartados: nuestro apoyo a la lucha armada y la cuestión nacional.

La primera diana de su proyecto era nuestro apoyo a la lucha armada revolucionaria. Nosotros consideramos que este apoyo es una parte más de la lucha general por el derrocamiento del fascismo, hasta el punto de que siempre hemos dicho que la actitud que se adopte, ante las organizaciones armadas antifascistas y patriotas y ante sus formas de lucha, es la piedra de toque para distinguir a los verdaderos demócratas y revolucionarios de los falsos.

Aunque Pio Moa quería presentarse como partidario de la lucha armada, sólo que retocando un poco nuestros puntos de vista, la verdad es que no estaba en absoluto de acuerdo con ella.

Pio Moa decía que el Partido no debía apoyar las acciones ofensivas de las organizaciones armadas, porque son aventureras y conducen a la liquidación de los grupos armados y al consiguiente abandono de la lucha armada. Así que el Partido, sólo debía apoyar las acciones armadas que tuvieran por objeto respaldar a las masas, facilitar nuestra ligazón con ellas y defender la difusión de la propaganda. Sin embargo, es así como el Partido ha interpretado siempre el papel que en esta primera etapa de nuestra revolución les está encomendado a las organizaciones armadas; es decir, las acciones armadas deben estar en todo momento subordinadas a la lucha política de las masas. Todo consiste en saber qué se entiende por eso. Para nosotros, las acciones armadas antifascistas acompañan al movimiento de masas y, además les desbroza el camino que conduce a su organización. La experiencia ha demostrado que si en determinados momentos de terror desatado por parte del fascismo, las organizaciones armadas populares no hubieran actuado, habría cundido el pánico y la desmoralización entre las masas, logrando de esa manera los enemigos sus objetivos.

Pero la cuestión no residía en esa burda falsificación de las posiciones del Partido que pretendía Pio Moa. La cuestión radicaba en esa apreciación particular sobre el carácter ofensivo de las operaciones armadas antifascistas que desde mucho tiempo atrás están teniendo lugar en España. Nosotros siempre habíamos sostenido que la lucha armada popular en nuestro país tenía un carácter defensivo, que era una lucha de resistencia, que el fascismo, con su represión militar y la privación de todo derecho político y democrático para las masas, estaba conduciendo a un número cada vez mayor de antifascistas a empuñar las armas, que ese carácter defensivo de la lucha armada popular habría de durar, necesariamente, hasta que cambiaran las condiciones políticas o la correlación de fuerzas.

Naturalmente, que la lucha armada de resistencia popular tenga un carácter defensivo, no quiere decir que las organizaciones armadas tengan que exponerse a sufrir los golpes del fascismo, sino que, por el contrario, tienen que adoptar una táctica justa de combate que les permita conservar y acrecentar sus fuerzas y debilitar las del enemigo. Pio Moa se olvidaba de estos detalles tan elementales a la hora de juzgar el carácter de las acciones armadas antifascistas. Él presentaba a las organizaciones armadas antifascistas y sus acciones, de la misma manera a como lo hacen los revisionistas, es decir, como algo separado del movimiento de masas y pasando por alto la existencia del fascismo y las continuas ofensivas terroristas que éste desataba. Todos los oportunistas coinciden en negar, de hecho, que es la permanencia del fascismo, la imposibilidad de hacer una defensa pacífica y legal de los derechos del pueblo, y que es el terrorismo oficial, lo que conduce a los elementos avanzados de las masas a armarse para defenderse de las arremetidas del régimen del gran capital. Pio Moa se dejaba llevar por un aspecto secundario, el menos importante de las acciones armadas, el carácter ofensivo de estas acciones armadas tomadas por separado. Este mismo enfoque, oportunista y unilateral, de la cuestión que venimos tratando, es lo que había conducido a los oportunistas a calificar como provocadoras y terroristas las acciones armadas antifascistas.

Pio Moa sólo admitía las acciones armadas defensivas ¿pero que entendía por defensivas? Una estrategia defensiva en la lucha armada, que no presuponga la ofensiva táctica en cada operación concreta es igual a cero, es igual a la pasividad completa, que conduce a la liquidación de la organización y de la lucha armada. Según la lógica defendida por Pio Moa, el enemigo puede atacar siempre que quiera a las masas obreras y populares y a sus organizaciones de vanguardia, pero nosotros no debemos atacar al fascismo; debíamos exponernos a que el fascismo nos descuartizara poco a poco oponiendo a su ofensiva sólo una defensa completa, absoluta, sólo una protección de las masas y las acciones de propaganda. No sabemos cómo se habrían podido crear organizaciones armadas en España con acciones puramente defensivas; y no sabemos tampoco cómo hubieran podido obtener las armas y otros medios necesarios para su defensa. En fin, no podemos referir aquí todas y cada una de las ideas calenturientas expuestas por Pio Moa sobre los temas militares, pero el radicalismo y el aventurerismo es algo que siempre acompañó, como la uña a la carne, sus ideas liquidacionistas.

Lo más notable de su crítica era la comparación que establecía entre los Grupos de Resistencia Antifascista y los Tupamaros. Resultaba que, para Pio Moa, los GRAPO eran una organización pequeño burguesa, sólo atenta a los medios técnicos y que basaba su actuación y confiaba sólo en ellos; resultaba que el Estado dominante en nuestro país, no era un Estado fascista, que dominaba mediante el terror desencadenado contra las masas, sino la Suiza de América, la democrática República parlamentaria burguesa uruguaya de principios de los años 60, años en que los Tupamaros comenzaron sus acciones en aquel país; resultaba que los más de doce millones de obreros y el resto de las masas populares de los pueblos de España, con sus gloriosas tradiciones de lucha no contaban para nada en el proceso revolucionario abierto en nuestro país; resultaba que en España no existía un Partido Comunista revolucionario, aún débil y poco experimentado, pero resuelto a apoyar entre las grandes masas las acciones de las organizaciones armadas antifascistas y patriotas; resultaba que el Partido y otras organizaciones populares consecuentemente antifascistas, no iban a engrosar las filas de las organizaciones armadas con más combatientes; etc. De no existir todas estas y otras muchas notabilísimas diferencias entre España y Uruguay, entre los GRAPO y los Tupamaros ¿cabe alguna duda de que el fascismo habría liquidado ya la resistencia armada popular en España?

El segundo desacuerdo con Pío Moa concernía a la cuestión nacional. Apuntaba que las nacionalidades, o algunas de ellas, pueden llegar a independizarse sin que antes se haya producido el derrocamiento del fascismo, por lo que, en modo alguno puede estar de acuerdo con la posición del Partido, según la interpretación oportunista que hace de ella Pio Moa de que se tenga que esperar a derrocar el Estado fascista paracelebrar un referéndum.

En su réplica Manuel Pérez no entraba en este tema, que dejaba para otro número de Bandera Roja, dado que -afirmaba- en el Partido existian algunas interpretaciones sobre este particular no del todo justas, pero que en absoluto tienen nada que ver con la nueva concepción que exponía Pio Moa. Sin embargo, observaba que el problema nacional estaba siendo sido un factor importantísimo en la radicalización de las luchas de masas, sobre todo en Euskal Herria, y que, desde luego no era improbable que pudiera producirse la separación de una nacionalidad antes de que fuese derrocado el Estado fascista.

Pio Moa quería mostrar por aquí un desacuerdo con el Partido que no existía y que, por otra parte, jamás antes había manifestado. Para ello tenía que falsificar nuestras posiciones en ese punto, con el fin de minimizar la importancia que estaba tenido la lucha armada emprendida por ETA en Euskal Herria en la radicalización y la organización de las grandes masas, porque eso confirmaba la justeza de las tesis defendidas por nuestro Partido.

En su artículo Manuel Pérez se preguntaba si servía la experiencia del pueblo vasco para el resto de los pueblos de España, si debíamos hacer avanzar el movimiento popular de todas las nacionalidades hasta el nivel de lucha y organización alcanzados por el pueblo vasco, si iba a ser con la lucha armada, combinada con el movimiento de masas, o de otra manera, como los pueblos de España podrían alcanzar sus objetivos. La cuestión es cómo empezar, cómo llegar a organizarse, qué métodos de lucha se deben aplicar en las condiciones del Estado monopolista y fascista dominante en nuestro país, cómo combatir a un mismo enemigo, a idénticas instituciones y para lograr parecidos objetivos.

Tal como habíamos anunciado, lo que empezó como una crítica insignificante a los métodos de dirección, terminaba en un ataque frontal a la línea del Partido que no podíamos dejar pasar.

(1) «¿Qué hacer?», en Obras Escoguidas en doce tomos, tomo II, pg.95.

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